Guasa para sujetar la vida

  • Emilio Correro recibió el trasplante de un hígado y los pulmones en el Reina Sofía de Córdoba · Tras la operación pasó dos días en la UCI y dos meses más ingresado

Zapatillas con estampado de camuflaje, vaqueros y cinturón de una marca de surf de moda, jersey a rayas, corte de pelo irregular, pendiente de madera y cara de pillo. Emilio Correro es como cualquier chico de 20 años, salvo por esa delgadez que le hace parecer más pequeño. Es más, se esfuerza con toda sus ganas en serlo, en hacer todo lo que no ha podido hacer y en preocuparse por lo que hasta ahora ni entraba en sus miras.

Emilio es un gaditano con "gracia, rebujá con poca vergüenza" como dice su madre, que añade que "eso es lo que lo ha salvado". Y es que ha aprendido a peinarse la vida como se atusa presumido el pelo frente al espejo antes de salir a la calle, a aferrarse fuerte a ella como se agarra a las pesas que usa para ganar músculo, a echarle ganas a sus días. Pero debajo de ese aire vacilón y despreocupado se escapan signos de una madurez adquirida a porrazos, a base de días sin fuerza, de noches en vela, de horas perdidas por culpa de la enfermedad.

Su vida ha cambiado en muchas cosas desde que tiene un hígado y dos pulmones que no son suyos, aunque él recalca con vehemencia que ahora sí lo son. Puede salir y entrar, pensar en estar con los colegas, como él dice, y puede "dormir recto", no como antes, que tenía que hacerlo incorporado porque se ahogaba. También puede sacarse el carnet de conducir: pasado mañana hace el examen práctico y dice que cree que va a catear porque "hoy casi me como un camión". Sabe que dentro de no mucho tendrá que pensar en trabajar, estudiar nunca le ha gustado demasiado. Antes echaba una mano en el negocio familiar aprendiendo a diseñar cocinas y haciendo presupuestos y seguramente volverá a ello.

Ahora mismo lleva una vida de "sibarita", admite, pero cree que también le toca, que ya lo ha pasado muy mal. Es consciente de que ha tenido "más suerte que nadie en su vida". La suerte de que una familia dijese que sí a donar los órganos tras una muerte y así le llegaran tres motores de vida.

A pesar del regalo que ha recibido, aún se revela como el niño que es por las cosas que le advierten que no es como cualquiera. Como las pastillas que le ayudan a que su cuerpo aprenda a convivir con sus nuevos órganos. En su afán del adolescente que no ha sido dice que le gustaría poder tomarse un cubata, o dos, o tener un gato, que no puede porque tiene que cuidarse de los ácaros y de las alergias. Aunque eso último lo soluciona pronto: "Me voy a comprar una serpiente ¿no? Porque lo que me han dicho es que nada de animales con pelos o plumas, una serpiente puedo, ¿verdad?".

Correro ha empezado a vivir. Empezó el día 29 de abril cuando le llamaron para decirle que se fuese para Córdoba cuanto antes, que iban a trasplantarlo. Estaba sentado en el sofá cuando lo llamó su médico y no se lo creyó, el doctor tuvo que insistir para que lo tomara en serio: "Lo esperas tanto tiempo que cuando llega no te lo crees".

Le pareció larga la espera, pero llegó con bastante rapidez, unos meses. Esto una vez que los médicos decidieron definitivamente que había que trasplantarle porque la fibrosis quística que le diagnosticaron a los dos años y afectaba a sus órganos vitales empezaba a deteriorar su salud seriamente. Y es que ese último tiempo fue "guerrillero". Emilio se pasó casi medio año en el hospital por culpa de los reiterados neumotórax que le quitaban el aliento.

Después del trasplante necesitó dos intervenciones más, estuvo 48 días en la UCI y otros dos meses en el hospital Reina Sofía de Córdoba. Explica el gaditano que de más de tres semanas, en las que luchaba por quedarse, no se acuerda: "sólo recuerdo haber visto una guitarra eléctrica y un muñeco en un espejo, y a mi prima, que fue la última con la que hablé antes de operarme, pero no estaban allí, me parece que estaba alucinando".

Emilio explica que si tuviese que convencer a un familiar que se niega a donar le diría claramente: "Hay un chaval como yo que lo necesita pero tú a él ya no lo puedes tener. Ya sólo puedes enterrarlo, o ayudar a alguien".

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