Ocaña desembarca en la Alcaldía de Córdoba reivindicando inversiones

  • El sustituto de Rosa Aguilar estrena un discurso reivindicativo inédito en su predecesora · La ex alcaldesa, la gran ausente

Catorce días después de que Rosa Aguilar tomara el tren -el último tren-, Andrés Ocaña Rabadán se convirtió por mayoría absoluta de los votos de los miembros del Pleno en el alcalde de Córdoba hasta el final del mandato. Los 15 votos, pronunciados de viva voz, por los ediles de IU y PSOE, abren una nueva etapa política en la ciudad, probablemente corta y llena de incertidumbres políticas y sociales, que tendrá que gestionar el que ha sido hombre fuerte de la ex alcaldesa, que prefirió no estar ayer dejando que fuese su ausencia, y no su figura, quien planease sobre el acto.

Ocaña conjugó por primera vez en muchos años el verbo exigir en un discurso municipal. "Siempre seremos responsables de nuestros compromisos a la vez que exigentes en la defensa de los intereses de la ciudad", dijo el nuevo regidor en su primera alocución ante la Corporación municipal, un discurso fundamentalmente continuista, sin matices de reforma o ruptura, con música y letra conocida. Sí se dejó entrever un cierto cambio de formas. No hubo el sentimentalismo de otras investiduras, donde Córdoba era ensalzada como en una canción de romería. Ocaña fue al grano, defendiendo la gestión que se ha llevado a cabo más que prolongando su mandato y sin aportar ningún elemento nuevo, de consideración, que pueda aportarse al debate público.

La mayor novedad se encuentra, quizá, en su declaración de intenciones. "Este gobierno municipal será solidario, responsable y reinvindicativo", afirmó, en clara contraposición a su predecesora, quien se negaba sistemáticamente a criticar, exigir o demandar públicamente inversiones a los gobiernos de Sevilla y Madrid sobre la base de la "lealtad institucional". Ocaña abogó por exigir "los grandes y los pequeños proyectos", con el planeamiento de las negociaciones del centro de congresos, ahora abiertas, y pendientes de que la voluntad política de los gobiernos de Madrid y Sevilla permitan iniciar una obra en la que el Consistorio pretende invertir lo que no tiene.

Ocaña toma el poder de una ciudad azotada por el paro y que atraviesa una crisis económica y social.

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