El alcalde que inventó una puesta de sol

  • No fue el mejor alcalde de Granada pero sí el más asombroso y original, imprevisible y escandaloso, y otros muchos más atributos que no se suelen predicar de un político y menos si es conservador

Gabriel Díaz Berbel -digámoslo sin apuro- no fue el mejor alcalde de Granada pero sí el más simpático, natural, imprevisible, escandaloso, divertido, lenguaraz y sensatamente desquiciado. A la lista de calificativos se le podrían añadir varias decenas más (extremista, tierno, genial, generoso, populista y sincero hasta el suicidio). Eficaz, también, a su modo. Aunque en apariencia todos ellos son atributos contradictorios tienen una cosa en común: no se suelen predicar de un alcalde ni de un político. Y menos de un político conservador. A los personajes que rondan en las instituciones públicas les cuadran propiedades más severas, sobre todo en los perfiles necrológicos en los que el juicio tiende casi siempre a describir una bondad mediocre que sirve para vestir a todos los difuntos con el mismo honor.

No es el caso de Kiki ni de estas líneas que surgen de la emoción y la condolencia sincera. Por eso, porque sus atributos son tan diferentes a los que adjetivan la vida de un político al uso, Gabriel fue un alcalde y un político único, un personaje extraordinario y excesivo. Si no fue el mejor alcalde fue el más asombroso y original, el más delirantemente entusiasta y eso, en una clase política caracterizada por los comportamientos gregarios y una uniformidad ideológica propia de una orden religiosa, es un mérito muy superior a los vulgares. Las barrabasadas de Kiki (las célebres berbeladas que reunía en su blog Rafael Estrella) llenaron las páginas de los periódicos nacionales, los informativos de las televisiones y hasta un año salieron en el resumen de iniquidades de Amnistía Internacional.

Yo no recuerdo un periodo profesional más extraordinario que el comprendido entre los años 1995 y 1999. Mis recuerdos de periodista, pero también personales, están indisolublemente unidos a aquel cuatrienio prodigioso. Si un psiquiatra me pidiera que los relatara al modo de las asociaciones libres, a fogonazos espontáneos, compondrían un mosaico abigarrado con muchas escenas. Kiki lleno de felicidad escoltado en el balcón por las Spice Girls; con Bill Clinton en la Plaza de San Nicolás mostrando una puesta de sol que, a causa de la orientación del mirador, no existe; posando con orgullo con los caballos que recibió del príncipe saudí y que luego se convirtieron en una pesadilla; a bordo de un vuelo con un halcón en la bodega para devolver el presente al príncipe; y luego a la vuelta explicando con satisfacción que allí, en Arabia, al que roban le cortan la mano y no como aquí. O Kiki yendo a tomar café cada día rodeado de una espesa corte de los milagros que incluía limpiabotas, novilleros o cantaores.

Pero aquel cuatrienio no fue, como se suele decir, una raya en el agua. Fue el colofón de una carrera política llena de episodios memorables que comenzó en los albores de la democracia cuando Gabriel se lanzó al monte (así lo solía contar) a desparasitar a los franquistas sociológicos que se habían apuntado a Alianza Popular. Kiki resoplaba cuando recordaba las conversiones democráticas que hizo en los pueblos de la provincia. Lo fue todo en el partido. Desde 1981, y hasta 1988, fue presidente provincial.

Tres veces intentó conquistar la Alcaldía de Granada pero solo una lo logró. En 1991 se interpuso la alianza de izquierdas que elevó a la Alcaldía a Jesús Quero. Pero en 1995 consiguió su sueño con un porcentaje envidiable: ganó con el 52% de los votos y logró 15 de los 27 concejales en liza. Pero en 1999, a pesar de ser el candidato más votado, la alianza tripartita de PSOE, IU y PA, dio al traste con su carrera. Su declinación, sin embargo, más que con el descenso de votantes tuvo que ver con el vacío creciente de su partido hasta el desprecio final. Su estrella se eclipsó entre los suyos. Los miles de votos que le faltaron para revalidar la Alcaldía fueron los que le negaron muchos militantes del Partido Popular. La leyenda dice que muchas papeletas nulas contenían frases dedicadas. El odio que generó Kiki entre los suyos durante los cuatro años de alcalde cortó en seco su carrera. Aún resuena en el recuerdo la enorme pitada con que fue recibido en un reñido congreso provincial cuando intentó ensayar un saludo de cortesía desde el proscenio del Palacio de Congresos. El mismo día, las paredes de los alrededores habían amanecido con algunos grafitis insultantes.

Su despedida no fue buena. Kiki estaba convencido de que tenía futuro, mucho futuro. Y aunque trató de convencer a los suyos para que le cedieran un puesto en alguna candidatura no lo consiguió. Me llega ahora a la memoria (empujada por no sé qué asociación) una foto de Juan Ferreras, quizá el día de las elecciones de 1995, en la que Díaz Berbel sale en compañía de su mujer, Manola, y de sus hijos de la maravillosa casa del Paseo de la Bomba camino del colegio electoral. En la imagen, la mujer y uno de los hijos llevan un brazo escayolado y forman una rara simetría.

Su carrera se cerró. Kiki cambió el Albaicín por Marbella; se hizo amigo de Jesús Gil, que le mandaba un policía de escolta cuando bajaba a la playa; se afilió al PP marbellí; falleció Manola, su mujer; vendieron la casa; los hijos se fueron; se casó de segundas con Fátima; posaba en las revistas como uno de esos actores jubilados que halla la vejez el refugio de una piel fresca; trató de nuevo de encontrar un hueco en la política pero su partido lo rechazó. Tuvo mucha fe en las pasadas municipales. Se creía capaz de montar una alternativa pero antes abandonó el partido por medio de una dura carta en la que aludía a la baja de Álvarez-Cascos. Y ayer, imprevistamente, murió en el Albaicín. Hace años había superado una enfermedad circulatoria. Tenía 71 años y seguía igual de divertido. El periodista pudo ser muy crítico con él pero jamás hubo un reproche ni diminuyó la simpatía mutua. Siempre los encuentros fueron igual de afectuosos. "¡Aleeeex!", decía y después el abrazo.

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