"Estamos desorientados"

  • La subdirectora del colegio donde estudiaba Marta del Castillo admite que han pedido la colaboración de psicólogos para que los alumnos recuperen la normalidad

"Marta, ¡queremos que vuelvas!". La frase aparece escrita sobre un lazo azul en la puerta del colegio San Juan Bosco, en el que Marta del Castillo cursó todos sus estudios desde Infantil, los parvulitos de antaño. Lo curioso, lo tremendo, es que la vida sigue. Pese a la ausencia que contiene los alientos y aprieta los puños de dolor de quienes la quisieron y quienes la conocieron, de estos chicos y chicas que compartieron pupitres, recreos y bollycaos con Marta, es injusto pero la vida sigue. Empleados de Parques y Jardines varean los naranjos que adornan los dos laterales de la calle Venecia, donde se encuentra el colegio. Mari Carmen, 36 años, ocho en Lipasam, sevillana de Juan XXIII, lleva un mes barriendo todas las mañanas esta calle. "Antes estaba en Fray Isidoro, me cambiaron aquí poco antes de que la chica desapareciera". Es madre de dos niños y está conmocionada.

Los profesores han blindado a los más de 700 alumnos. Les han dicho que no hablen con la prensa. No hace falta. Qué van a decir. No hay respuestas ni preguntas. Hay muchos porqués, eso sí. Demasiados. "La conocí este año y ya se puede imaginar cómo estamos", dice Luis, 15 años, conteniendo las lágrimas salesianas, a punto de entrar en la clase de Inglés de cuarto de ESO, el curso en el que estaba Marta. ¿Qué pensarán de la vida, de la sociedad, de su entorno estos compañeros de Marta? "Que la gente es muy confiada", concluye Álvaro, que está en tercero de ESO y va a iniciar la jornada académica con la clase de Educación Física y ninguna gana de abdominales.

Los padres, las madres, incluso los abuelos, llevan a los niños más pequeños al colegio, gondoleros de sus hijos y nietos en esta Venecia escolar. En la puerta hay una convocatoria de concentración el próximo jueves en la barriada Zodiaco hecha por la Asociación de Vecinos El Pueblo. "Estamos desorientados, no sabemos qué hacer", admite Mari Carmen, subdirectora del centro. Dice que el colegio ha pedido la colaboración de psicólogos. Ningún día va a ser un día cualquiera, pero ellos quieren recuperar cuanto antes la normalidad. "Es lo que procuramos", dice uno de los profesores que acompañan a los chavales que han concluido el recreo.

Marta del Castillo desapareció en vida y ahora ha vuelto a desaparecer en esta muerte no anunciada como la novela, sino callada, ocultada, casi teledirigida por una conciencia maligna. Cristina tiene 17 años y coincidió con Marta en clases adyacentes hasta que ésta se descolgó como alumna repetidora. "Nos veíamos en el comedor. Hablaba mucho de Migue, Migue". Denominación cariñosa para quien se iba a convertir en su verdugo. Desde la calle Venecia, en plena vorágine comercial de comercios y fruterías -naranjas amargas en el suelo, naranjas dulces en las cajas de Frutas López- se oye a lo lejos el runrún de alguna profesora.

En las lecciones de Geografía el río Guadalquivir no será en este centro el padre de Andalucía cantado por Góngora, el río que surcaron vikingos, samurais y galeones cargados de oro, que nace en Cazorla y desemboca en Sanlúcar de Barrameda. Es el río que guarda el tesoro que un ladrón se llevó del santuario doméstico, Marta de Sevilla y de España, que ayer no iba en la fila de compañeros que salían del recreo en el centro de la calle Venecia y volvían a las aulas de la calle San Joaquín.

El escultor Nicomedes tiene el taller a dos pasos del colegio San Juan Bosco. Antes de llegar ha dejado a su nieto en el colegio. El drama está en todas las conversaciones. Nadie se atreve todavía a retirar los cientos de fotos de Marta repartidas por toda la ciudad. También en la calle Venecia donde sus compañeros tampoco han retirado el cartel: "¡Marta, queremos que vuelvas!".

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