El resto del tintero

Sin perdón

  • Aunque aún relativamente fuerte en Andalucía, el PSOE celebra este domingo los 30 años del nombramiento de Felipe González como presidente en peligro de caer en la irrelevancia.

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Quizás fuera porque en 1979, el hombre que hoy será homenajeado en Madrid, solicitó a su partido que había que ser socialistas antes que marxistas; quizás, por ello, las futuras generaciones socialistas olvidaron el concepto de la autocrítica y, quizás por ello, las más jóvenes han solicitado esta semana el perdón, un concepto esencialmente cristiano que necesita, según nos enseñaron, admitir el dolor propio, reconocer el daño causado y aceptar el propósito de enmienda. En función de la gravedad del caso, también hay penitencia. En efecto, un grupo de militantes socialistas grabó y emitió el martes pasado un vídeo en el que solicitaban perdón por los errores cometidos durante los últimos años de Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. En especial: congelar las pensiones, rechazar de la dación en pago, ignorar la crisis, aumentar la edad de jubilación y reformar la Constitución para encajar el concepto del déficit cero en la propia esencia del país.

En los pasillos del Parlamento, el presidente de la Junta, José Antonio Griñán, rechazaba el miércoles el término perdón, mientras que su consejera de Presidencia, Susana Díaz, que es una suerte de esponja que ha hecho del aprendizaje un modo de evolución progresiva que está sorprendiendo hasta a los consejeros más escépticos, aseguraba que no eran los militantes quienes debían de solicitarlo, sino, en cualquier caso, los dirigentes. Sin embargo, fue la dirección socialista andaluza la primera que comenzó a señalar que el primer paso para reconciliarse con sus votantes era admitir los errores pasados. No le llamaban perdón, pero sí autocrítica, y en ello también había una censura a la dirección federal actual, la de Alfredo Pérez Rubalcaba.

Aunque con vaivenes, las relaciones entre los andaluces y aquellos que mandan en la sede de la calle Ferraz no son buenas o, al menos, hay ciertos recelos. Cada día está más claro que Griñán, Susana Díaz -ahora, con más empuje como potencial sucesora- y Mario Jiménez se alinean con los críticos con Rubalcaba, con aquéllos al que el secretario general del PSOE no citó el pasado 16 de noviembre en Ferraz para intentar amortiguar la más que previsible debacle en las elecciones catalanas. No asistieron ni el catalán Pere Navarro, a quien Griñán dio su apoyo la misma noche del pasado domingo; ni el madrileño Tomás Gómez, que pasó la semana pasada por Sevilla, cenó con Susana Díaz y se mostró convencido de que, ahora, con Esperanza Aguirre sustituida por un inquietante, en todos los sentidos, Ignacio González, podrá gobernar esa comunidad. Tampoco estuvo el presidente andaluz, aunque días antes almorzó con Rubalcaba.

Griñán guardará hasta donde pueda, o quiera, esa neutralidad que le obliga la presidencia federal del PSOE y, de momento, ha pactado con Rubalcaba dejar tranquilo al partido hasta después de las elecciones municipales: ni primarias adelantadas ni congreso extraordinario.

Por eso, después de las elecciones catalanas del domingo, el PSOE simuló ser una balsa de aceite, aunque los datos fueran alarmantes. El PSC ha obtenido en Cataluña, uno de los graneros tradicionales del PSOE, el 14,4% de los votos, lo que le deja, prácticamente, en la irrelevancia. En el País Vasco, donde se forjó parte del socialismo español y donde el PSOE llegó a ganar en una ocasión al PNV, en 1986, el respaldo popular se quedó en el 19,14% después de tres años de Gobierno, y en Galicia apenas está instalado en el 20%. En contra de lo que opina Griñán, que entiende que los partidos estatales pierden votos en favor de los nacionalistas, algo que también es cierto, lo que sí hay es un claro deslizamiento del apoyo desde los dos grandes partidos hacia otras formaciones alternativas y, esto, en especial, afecta al PSOE.

A Felipe González se le homenajea este mediodía en el Palacio de Congresos de Madrid al cumplirse los 30 años de su nombramiento como presidente del Gobierno, mientras el otro ex jefe de un Ejecutivo socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, guarda silencio como una suerte de penitencia. Asistirá tras su retiro voluntario, pero no hablará. Sin embargo, el PSOE debería observar con atención qué ocurrió en aquellos ocho años para comprenderse mejor. El primer mandato del leonés, cuando era ZP, fue la de un radical de izquierdas que conectó con esa base progresista que hoy le da la espalda al PSOE. La salida de las tropas españolas de Iraq, antes de reunir incluso a su primer Consejo de Ministros; la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo, y su postura arriesgada, a veces casi irresponsable, sobre el final del conflicto con ETA y el catalanismo que se extendía sobre esta comunidad, incluido el PSC, le procuraron una segunda victoria en las generales, el Gobierno en el País Vasco y el acercamiento a esa izquierda líquida, que un día se abstiene, otra vota al PSOE y, a la siguiente, a IU. ZP dejó frita a Izquierda Unida, la envejeció, mientras durante unos años se convirtió en un referente -eso sí, fugaz- de la progresía europea. A punto estuvo, además, de integrar en el PSOE a una importante facción de IU en una operación en la que estuvieron Gaspar Llamazares y Rosa Aguilar.

Pero el mismo arrojo que Zapatero mostró en los asuntos sociales, lo enseñó en los económicos: un desastre sin paliativos, cuyo paradigma fue aquella previsión de que España superaría en cuatro años el PIB per cápita de Francia y Alemania. Zapatero siguió el consejo que Willy Brandt le dio a Felipe González: búscate un buen ministro de Economía. Y lo consiguió: fue Pedro Solbes, el hombre que en los últimos años de González logró encarrilar a la economía española para cumplir con los criterios de Maastricht, un golpe que terminaría de rematar, no obstante, el PP. Zapatero, en efecto, buscó a Solbes, pero lo ignoró hasta que el levantino, que no levantisco, se hartó y se marchó. Solbes, tan socarrón como tímido, no habla maravillas, precisamente, del presidente leonés.

A excepción de Andalucía, donde el PSOE no logró ganar las elecciones por número de diputados pero obtuvo un 39,5% de los votos, sólo un punto menos que el PP, los socialistas viven, 30 años después del nombramiento de su primer presidente, el momento más difícil de su historia, un periodo que decidirá si su destino final será el italiano -es decir, la desaparición entre una izquierda sin rumbo- o el francés, que ha logrado salir de una larga crisis durante la que rozó la nada. Si la esperanza de los socialistas es Felipe González, a quienes hoy oirán, tendrán un bonito entierro, el que procura una historia de éxitos, pero no más. Rubalcaba y su equipo pasan por un período de duelo necesario -nadie se levanta de una derrota como el de las elecciones generales de 2011 por mucho que la sombra de Zapatero fuera alargada-, pero si las encuestas, que comienzan a dar una caída del PP, no se traduce en un avance en las municipales o en la propia demoscopia, el congreso extraordinario terminará cayendo por su propio peso. Sólo hará falta que alguien dé el paso.

Pero, mientras tanto, en Andalucía, donde las próximas encuestas, como la del IESA, le darán un respaldo a Griñán al colocarlo como un ganador virtual, sino perdón, sí hay motivos para la disculpa: los socialistas han perdido la oportunidad de pedirlas por un caso como el de los ERE al contribuir a convertir la comisión de investigación en un fiasco. Ha sido un error sin perdón.

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