La revolución de los 'neocom'

AHORA que las lágrimas negras de Chicago han limpiado la ceguera neoconservadora, llegan otros neos. Estos también son unos renacidos, pero del comunismo; revisionistas, pero de la Transición, y rupturistas, pero del consenso constitucional. Son los neocomunistas, los que se preparan para ganar la asamblea que IU celebrará en Rivas (Madrid) el próximo fin de semana. Ése es al menos el temor expresado a este medio por algunos miembros de la IU templada: que el PCE encarrile a la formación de izquierda por la vía del rupturismo constitucional. Los estalinitos -así es como llaman, socarronamente, los viejos moderados a los jóvenes de su formación- van de la mano de otros veteranos dirigentes que desean que un nuevo PCE, fundamentalmente radical, fagocite a la formación, y así sus asambleas se tiñen ahora del verde militar de sus chupas desgastadas, la prenda estrella del prét- à- porter revolucionario junto al inevitable pañuelo palestino.

El 15 de abril de 1977, el Comité Central ampliado del PCE de Santiago Carrillo aceptó por 169 votos a favor, y ninguno en contra, la bandera bicolor como emblema del país y a la Monarquía como forma aceptable de Estado porque, según se explicó entonces, estaba satisfaciendo la apertura democrática. Fueron los comunistas quienes le dieron a la naciente democracia española el sello europeo de garantía. El PCE, o la primera IU, bebía de un electorado muy fiel y de otro grupo mucho mayor que oscilaba en función del desencanto con los socialistas. Pero al parecer eso no bastaba y de ahí surgieron las estrategias y doctrinas de Julio Anguita para adelantar al PSOE que fueron responsables, entre otros errores, de que IU no se incorporara al Gobierno andaluz en el año 1996. Fracasados estos intentos del sorpasso y de las dos orillas, y agravados por los intermitentes guiños izquierdistas de Rodríguez Zapatero, el PCE probaría ahora una nueva vía hacia el esencialismo, como todos los neos. Frente a los que acusan al comunismo de ideología caduca -es una constatación, sin embargo, qué le vamos a hacer-, ellos ofrecerían una renovación a la española colocándose en el paradigma de lo políticamente incorrecto.

Algo de todo esto está detrás de las palabras del otrora moderado Diego Valderas cuando el pasado fin de semana alentó en Salobreña a que IU dejara "los mármoles de los palacios" y saliera a la calle de "rojo". Cierto es, sin embargo, que la puesta en escena de algunas de estas acciones revolucionarias han sido más freakies que rojas.

El cambio de actitud de Valderas es una de las grandes incógnitas del momento. Al parlamentario onubense parece que no le ha quedado nada del vestido institucional con el que suelen transitar por la política los ex presidentes de Parlamento, y desde la localidad granadina renegó de su pasado en el Hospital de las Cinco Llagas, sede de la Cámara andaluza. No obstante, Valderas -ya ven, un misterio- había mostrado días antes su disconformidad con el encierro del sinpar alcalde de Marinaleda en el Parlamento andaluz.

Andalucía va a aportar 160 de los 800 delegados que se reunirán la semana próxima en Rivas, donde competirán cuatro facciones, en tres de las cuales hay bastante de impronta andaluza. El PCE es partidario de que la asamblea no elija a un coordinador general, como lo fueron Llamazares y Anguita, sino un "órgano colegiado" que lleve a IU hasta su refundación. O al guirigay.

La primera facción (posee alrededor del 45% de los delegados) la forma el denominado núcleo duro del PCE, liderado por Frutos y por los andaluces Felipe Alcaraz, Diego Valderas y Willy Meyer. Este último, eurodiputado, sanluqueño de adopción y émulo de las tácticas de autoprotección de Julio Anguita, es uno de los candidatos para entrar en la futura dirección colegiada que IU. En segundo término, mucho menos numerosos, están los llamazaristas, los críticos. Ahí se sitúan los sevillanos Sebastián Martín Recio y Concha Caballero y, de un modo u otro, Rosa Aguilar y los suyos, aunque su candidata es la madrileña Inés Sabanés. La alcaldesa de Córdoba, astuta hasta rozar algunas veces la cobardía -o la cordura-, se mantiene en la retaguardia y quizás pierda para siempre la oportunidad de liderar una formación donde dejó de estar a gusto hace ya muchos años.

Como novedad, están los de la Nacional II, las agrupaciones de Cataluña, Aragón y Madrid -de ahí lo de la carretera que une a estas comunidades-, partidarios de un equilibro de corrientes. Y, por último, la CUT, la que lidera Sánchez Gordillo, que está buscando socios por el resto del país y que puede presentar como representante a Enrique Santiago, abogado del alcalde de Puerto Real, José Antonio Barroso, icono de la desafección con la monarquía.

Ninguno de los consultados se atreve a realizar una predicción de lo que pueda ocurrir el próximo fin de semana. Pero el objetivo del PCE de retrofundar a la IU que este mismo partido creó está aglutinando en frente a los críticos y a los de la Nacional II. Ello podría llevar a una organización que conserve la pluralidad, aunque seguiría -eso sí- sin saber cuál es su futuro, porque a pesar de la proliferación de vías, lo cierto es que la asamblea de IU no discutirá sobre una única ponencia: ya van nueve programas. Eso es pasarse de plural, y entre tanta indecisión, el PCE, el nuevo, no el de 1977, puede quedarse con la organización.

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