Algo sucio, visto y no visto

Llega a la cartelera la aclamada película de Steve McQueen 'Shame', en la que un Michael Fassbender en estado de gracia se mete en la difícil piel de un adicto al sexo · El filme se presenta a prueba de etiquetas.

Simón Cano Le Tiec | Actualizado 17.02.2012 - 07:52
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El actor Michael Fassbender en una escena de 'Shame', dirigida por Steve McQueen.

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No es complicado darse cuenta del error cometido por las campañas publicitarias actuales que se dedican a venderle al público un culto al cine como un despropósito del montón, con lo que al espectador no le queda otra que rendirse al marketing de las grandes productoras. Errores como éstos son los que se han cometido con cintas de producción independiente, pero los publicistas pecan en exceso de su propia seguridad. La premiada película Shame, que se estrena hoy en la cartelera, se ha vendido como reivindicación del erotismo, como otro de tantos análisis sobre el comportamiento sexual. Y se trata de una contradicción.

El producto de Steve McQueen puede resultar falto de clase; sin embargo, su elegancia visual es inflanqueable. Muchos lo dudarán, pero la carga erótica de la cinta es mínima (o nula, según se vea). El desnudo femenino podría ser vivo, intenso y apasionado, pero en su empeño por tratar la adicción a su presencia acaba representándolo como algo mecánico y frenético, casi al borde de lo colérico, donde las prisas desarrollan la sensualidad hasta convertirla en una anemia descontrolada. Con esto McQueen demuestra que el adicto al sexo no camina buscando belleza ni lapasión, sino el saciar una líbido llevada a los límites de lo moralmente censurable, y acaba por realizar un retrato crudo y sórdido de la estabilidad de un mundo tan propenso a la rutina. Después de todo, alterarle la vida a un hiperactivo sexual es como derribarle un castillo de naipes a un hooligan irlandés: imprevisible.

El método de McQueen es eficaz y certero. Se deja influir por la esencia retro de las noches de neón californianas, solo que aquí nos las traslada a una Nueva York de paseos laberínticos insinuantes y morbosos. Pero que nadie se equivoque; esta cinta no vive del detalle, ni del desnudo, ni del sexo. Es más, en su mayor parte, McQueen se limita a diferenciar el sexo hablado del que posteriormente se encarga de dibujar. El conjunto acaba atropellado por la velocidad con la que se ejecuta, y las sábanas no se han ni revuelto para cuando todo ha llegado a su fin. Atención, la campaña publicitaria red-band de Shame se ha centrado, únicamente, en el lado más comercial de una tragedia personal, lo cual demuestra la visión que se tiene de los espectadores actuales.

El actor Michael Fassbender, titánico en su labor, se reinventa a cada paso que da, y aquí no se queda atrás; es capaz de mostrarnos al adicto en sí, al que se alimenta de gritos y gemidos todas las noches, y al adicto a la propia vida que se ha labrado, la que se basa en poner la otra mejilla (la que no está manchada de pintalabios) y en esconder su privacidad en lo más profundo de su persona. Nos debilita saber que a un ser como el adicto al sexo sólo le basta un empujón para caer en el caos. Rehacer su vida tras la tormenta es otro cantar, aunque habrá valido la pena intentarlo si tras ello siente un mínimo de vergüenza por los extremos a los que ha llevado su existencia. Por un lado, se le acabaron las noches de juerga y orgías, por otro, puede que haya perdido lo que más necesitaba. McQueen acaba de firmar una portentosa epopeya emocional, y vienen importando más las formas con las que nos la otorga, que el trasfondo en sí. Lo vendan como lo vendan, el producto seguirá siendo el mismo; si el público se quiere permitir el lujo de perdérselo, allá él. Avisado está.
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