El gran reto: invertir más en prevención

En españa se registran 70.000 infartos agudos de miocardio al año, de los cuales sólo 40.000 ingresan en el hospital. El resto mueren o fallecen fuera, según datos oficiales.

J. Luque | Actualizado 29.09.2008 - 21:09
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La comida basura y el estrés provoca que se pierdan hábitos cardiosaludables como la ingesta de frutas y archivos. / Archivo

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La información en reanimación cardiorespiratoria puede hacer que se salve la vida de un cardiópata. / Archivo

De todos es bien conocido que en los países desarrollados las enfermedades cardiovasculares representan la principal causa de muerte prevenible, además de que suponen un verdadero quebradero de cabeza para el sistema sanitario. Así, sus tratamientos se presentan muy costosos, la frecuencia con que se producen muy elevada y las personas que la padecen se convierten en la práctica en enfermos crónicos o con una alta frecuentación hospitalaria.

En Andalucía, al igual que ocurre en el resto del país, las tasas de prevalencia de enfermedad cardiaca, así como sus índices de mortalidad, también son muy preocupantes.

Como muestra, un botón. Según datos de la Sección de Cardiopatía Isquémica y Unidades Coronarias de la Sociedad Española de Cardiología (SEC), en España se registra anualmente cerca de 70.000 infartos agudos de miocardio (IAM), de los cuáles sólo ingresan en el hospital entre 40.000 y 42.000 infartados. En cuanto a la situación andaluza, tampoco es muy halagüeña, ya que anualmente se producen  alrededor de 13.000 IAM, de los que sólo unos 7.800 llegan hasta el hospital, mientras que el resto son atendidos o fallecen fuera del hospital, según datos que aluden a 2001.

Así, y pese a que en la mayoría de los países de la cuenca mediterránea la dieta que toma el mismo nombre siempre había sido una gran aliada de la vida sana, el desembarco de la comida basura, el sedentarismo, el tabaquismo, la obesidad o el estrés laboral han obligado a que las políticas gubernamentales en materia sanitaria no hayan tenido más remedio que redirigir sus esfuerzos (también su aparato promocional), primero con inversiones en nuevos recursos y ahora con políticas preventivas.
El propósito del siglo XXI

A ello se une, además, el hecho de que en ciertas comunidades, como es el caso de la andaluza, la población tenga el dudoso honor de poseer los porcentajes más elevados en algunos de los principales factores de riesgo cardiovascular. Este es el caso de la hipertensión arterial, la diabetes, los índices de obesidad o el sedentarismo, lo que hace que la necesidad de invertir en prevención cobre rango de “reto del siglo XXI”.

Es en este contexto en el que el llamamiento del presidente de la Sociedad Andaluza de Cardiología (SAC), Luis Pastor, toma renovado impulso. “El reto del siglo XXI es invertir más en prevención, ya que la mejor angioplastia que podemos hacer es aquella que finalmente no se hace”, destaca.

De hecho, este especialista y jefe del servicio de Cardiología del Hospital Universitario de Valme, en Sevilla, sostiene inclusive que en términos económicos, no ya sólo desde el punto de vista del paciente, la prevención es más rentable.

Tratamientos costosos

“Tratar hoy día un infarto es tremendamente caro, puesto que si bien es cierto que los tratamientos son cada vez más buenos, no lo es menos que también son más caros”, continúa Pastor, que, no obstante, puntualiza que “en aquellos casos en los que no quede más remedio que hacer uso de estos tratamientos, por supuesto que han de utilizarse”.

Así, en opinión de este experto, el cambio de tendencia debería empezar por las aulas. “Hay que ir a los colegios y comenzar a inculcar en estos espacios una cultura sana. Para ello, es necesario que la respuesta política, del cardiólogo y del ciudadano vayan de la mano”, advierte.

Factores de riesgo

Según este especialista, el círculo vicioso en la aparición del riesgo cardiovascular comienza con la práctica del sedentarismo, “el cual favorece la aparición de la obesidad, que a su vez facilita la aparición de hipertensión, diabetes y, finalmente, el desarrollo de la enfermedad cardiovascular, cerrando así el círculo vicioso”.

Ante tal panorama, la solución a esta nueva epidemia del siglo XXI, al menos en lo que al ciudadano le toca, se nos presenta a primera vista, aunque no por ello signifique que sea fácil. “Cada ciudadano debe de controlar los factores de riesgo que están a su alcance, es decir, seguir una dieta sana, controlarse regularmente la presión arterial y el nivel de colesterol y, por supuesto, hacer algo de ejercicio”, explica el doctor Pastor, convencido de la eficacia preventiva de la incorporación de determinadas pautas de salud a la existencia cotidiana.
Dieta mediterránea

Aunque son muchos los estudios que se han llevado a cabo en este asunto, sirva como ejemplo uno de los más recientes: el Estudio Predimed (Prevención con Dieta Mediterránea). Este trabajo epidemiológico, puesto en marcha en 2003 con fondos públicos y privados, pretende establecer la eficacia de la dieta mediterránea en la prevención cardiovascular, arrojando ya unos primeros resultados preliminares, pendientes de su cotejo final pero válidos y “bastante esperanzadores”, en opinión de sus investigadores, según recoge la revista Annals of Internal Medicine. El objetivo principal del trabajo es demostrar que la dieta mediterránea es mejor que la dieta baja en grasas a la hora de reducir la morbilidad y la mortalidad cardiovascular. La hipótesis de partida surgió a partir de los resultados de diferentes estudios observacionales, que ponían de manifiesto que el modelo de alimentación de los países mediterráneos se asociaba a una menor mortalidad, a un retraso del envejecimiento y a un menor desarrollo de enfermedades cardiovasculares.

Opinión de expertos

Según sus autores, la dieta mediterránea está basada fundamentalmente en un alto consumo de cereales, frutas, verduras, frutos secos y legumbres, además del empleo del aceite de oliva como fuente principal de grasa. Este modelo de dieta contrasta con el que habitualmente se recomienda a pacientes con alto riesgo cardiovascular. Por ello, en este estudio hay pacientes distribuidos en tres grupos de intervención; a los primeros se les recomienda una dieta mediterránea que se suplementa con aceite de oliva virgen extra, a los segundos se les indica el mismo tipo de dieta, pero se suplementa con frutos secos, y a los terceros se les insiste en el seguimiento de una dieta baja en grasas. Todos los pacientes incluidos tienen en común que son personas mayores de 55 años y con una alta probabilidad de desarrollar una enfermedad cardiovascular, pero que aún no la han padecido. Son principalmente enfermos diabéticos, obesos, hipertensos, fumadores o con colesterol alto. En los resultados preliminares, se observó que aquellos que habían realizado una dieta mediterránea reducían más la presión arterial, el colesterol y la glucemia que los que habían sido sometidos a una dieta baja en grasas, sin que se produjera un aumento del peso corporal en los primeros. La intervención en los estilos de vida, relacionados con una correcta alimentación, el ejercicio físico y la deshabituación tabáquica, se está convirtiendo en el momento presente en el eje vertebral de un nuevo paradigma en la atención sanitaria: la prevención.
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