veranos en primera persona

Me desmayé y me echaron del paritorio

Desmayos y alegrías en un día caluroso que se prolongó horas a la espera del nacimiento de su hija Laura. Una experiencia inolvidable de un padre moderno muy divertido.

Martín Favelis · Director del Encuentro de Humor Gráfico de Granada, Granada | Actualizado 09.08.2008 - 11:44
El 20 de septiembre de 2005 nació Laura en Granada. A las cuarenta y ocho horas estábamos en la calle. Se podían hacer tostadas en el asfalto. A la sombra.

Cuando llegué a casa no sabía en dónde ponerla. Era pequeñísima pero miraba fijamente. Tenía los ojos tan grandes que pensé: vamos a tener que agrandarle la cara.

Me gusta creer que soy un hombre moderno, por ejemplo, cuando algún día me encuentra de repente lavando platos, digo para mis adentros continuamente: “No soy maricón, soy moderno; no soy maricón, soy moderno”. Y me enteré, casi por casualidad, de que los hombres de hoy presencian los partos. Sin excepción. Así que junté fuerzas y me lo pasé afirmando que allí estaría y allí fui. Allí estuve. Llegué, me pusieron unas ropas que sólo le quedan bien a la gente que estudia y en el momento que crucé la puerta y vi tres personas con pinta de cirujanos me desmayé. Por supuesto, no estaban para atenderme a mí, así que en cuanto me reincorporé me echaron.

Me preocupó un pelín la cara de mi mujer porque me miraba con ese gesto de tolerancia femenina que tanto me incomodó en la adolescencia, ese gesto que dista de la admiración y, en cambio, se acerca más a la compasión, a un tierno “igual te quiero”. Hay que comprender que uno ha soñado con ser Terminator, no Woody Allen. Hoy estaría dispuesto a ser Bisbal, si con ello me aseguran que no me faltará efectivo para comprar pañales.

Total, que me echaron al pasillo. Y yo no fumo, así que no sabía qué hacer. Me puse a leer todos los carteles del Virgen de las Nieves. Todos. Hasta la letra pequeñita. Pero no aguanté más la ansiedad y empecé a golpear la puerta, inicié una manifestación individual para reclamar mi derecho a ser un hombre moderno, bajo el lema: ‘quiero ver nacer a mi hija aunque me desmaye permanentemente’. Me dejaron pasar. Habrán calculado que inconsciente dentro molestaría menos que consciente fuera. Entré. Laura me miró. Tenía los ojos enormes y oscuros. Me quedé petrificado, o sea, volví a caerme redondo, aunque esta vez me pareció que podía seguir al tanto de lo que ocurría a mi alrededor. Mi mujer intentaba hacerme quedar bien frente al personal que ya había agotado todos los adjetivos que conozco.

Pronto estuvimos en la calle. Fue una sensación extraña salir del hospital con una persona más. El mundo nunca se te antoja tan inhóspito e imperfecto como cuando tienes que plantárselo delante a un bebé que ha nacido hace cuarenta horas. Te sientes responsable del calor, del frío, del ruido de las motos, de los peligros del tráfico, de las alergias al polen o a los políticos Todo es culpa tuya. Ellos son divinos e inocentes. Tú eres una suerte de porquería, ahora vulnerable, que empieza a temer a la muerte como nunca antes porque tienes un motivo increíble para vivir.

Se nota ya que Laura es hija de argentinos por cómo se complica la vida. En lugar de decirme papá, me llama por mi segundo apellido. Y pronunciar mi segundo apellido es equivalente a recitar el alfabeto griego en alemán, pero en braille y con guantes de boxeo.

Desde que supe que iba a ser padre estuve entusiasmado con la idea de comunicarme con mi hija. Quería contarle muchas cosas y, sobre todo, hacerle preguntas. No tardó en llegar el día en que pudimos conversar un rato sin que la charla pareciera Barrio Sésamo y me animé con la pregunta más difícil para mí: “Laura, ¿estás contenta con el papá que tienes?” La respuesta fue sólida, breve, contundente y despojada de cualquier tonalidad de duda: “No”.
No hice más preguntas.

Una anécdota que recuerdo del año pasado tuvo lugar cuando nuestro vecino se acercó a Laura con una sonrisa y mantuvieron el diálogo que transcribo a continuación: – ¿Cuántos años tienes, guapa?
–Dos –contestó Laura-
– ¿Y qué vas a hacer cuando seas mayor?
–Voy a tener cuatro.
El verano de 2005 en Granada se grabó en mi mente para siempre. En realidad, con el calor que hacía, creo que se pirograbó. 
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