veranos en primera persona

Tertulias de mar y bronce

Granada en la pintura, Granada en la novela...: Maripi Morales evoca el verano en que salió publicado con gran éxito ‘El segundo hijo del mercader de sedas’, de Felipe Romero, su marido.

Maripi Morales · Pintora, Granada | Actualizado 10.08.2008 - 18:54
AQUEL fue el verano que Felipe había publicado El segundo hijo del mercader de sedas.   Estábamos en el tiempo en que todavía la novela acababa de salir y la conocían más que nada los amigos. A todos les había gustado, los periódicos –y no sólo en Granada, pues en Sevilla se publicaron críticas muy positivas– también la habían recibido muy bien. El ‘boca a boca’ estaba funcionando y llamaban a Felipe de todas partes. Cada día más se notaba que el éxito y la difusión de la novela iban a ir creciendo, como así ha sido.

Nuestros veranos eran muy granadinos. Antes de que nuestros hijos se hicieran grandes, pasábamos temporadas en Lanjarón o en Huétor Santillán, al fresquito. Con los Corona, familia nuestra con la que estábamos muy allegados. Pero desde hacía ya muchos años, nos quedábamos en Granada: yo me dedicaba a pintar, estaba entonces en lo que después sería la exposición Granada y la música, y Felipe trabajaba en el despacho y ya tenía en la cabeza El mar de bronce, la continuación de El segundo hijo... Los días pasaban con una suave rutina. Si las mañanas eran para el trabajo artístico, la vocación que habíamos encontrado y a la que nos aplicábamos desde pocos años atrás, por las tardes, cuando ya aflojaba el calor, dábamos largos paseos. Subíamos al Albaicín, a la Alhambra, nos llegábamos al Campo del Príncipe... Buscábamos las terrazas y allí nos sentábamos con unas cervezas, una sangría... Lo que cayese. Siempre encontrábamos a alguien con quien enhebrar una tertulia. A Felipe le gustaba conversar y escuchar, era un observador y tenía muchos amigos.

A veces venían a vernos a casa: José Vicente Pascual, Antonio ‘Bernina’, Antonio Enrique, Andrés Sopeña... Nos subíamos a la terraza, que ese verano la habíamos ampliado, y con unas cervezas y unas tapas, pasábamos veladas larguísimas. Felipe ponía su televisor mirando para fuera, si estaban dando un partido, y allí veía el fútbol, solo o con los amigos.

Recuerdo que una tarde bajábamos solos de la Alhambra y nos encontramos, ya en la Cuesta de Gomérez, a un amigo de Felipe: “¿De dónde venís?”. “Pues mira, que hemos estado en La Mimbre y volvemos dando un paseo...” Y no lo dejó seguir: “Estáis locos. Digo, con la de robos, los chorizos, los tirones... andando solos por esa oscuridad y esos bosques. ¡Quién sabe lo que os podría haber ‘pasao’...! Un día os van a dar un susto”. Y Felipe, tan tranquilo: “Qué quieres que te diga. A mí nunca me han atracado. Y la verdad es que tengo curiosidad por saber cómo reaccionaría...” A Felipe no le daba miedo nada. Ni que le hablaran de chorizos, de robos,  de lo que le hablaran... Yo sí soy más miedosa: de las tormentas, de los terremotos, de que te atraquen y de lo que pueda pasar. Pero él, siempre optimista, viviendo el momento, disfrutando las cosas...

Esas eran las tardes y las noches. Las mañanas, las salidas eran más de él que mías. A mí me gustaba pararme en López Mezquita. Felipe era más de tertulias fijas: en el Bar Sevilla tenía un grupo y en el Hotel Victoria, otro. Con todos encajaba, con gente de su edad y mayores pero también con personas mucho más jóvenes que nosotros. Como para todos tenía una palabra, se sentía bien con todos y todos estaban a gusto con él.

La fotografía está tomada una de esas mañanas que me animó a salir. La hizo Arturo, un fotógrafo amigo de Antonio ‘Bernina’, en el Carmen de los Chapiteles. Estaba allí Charo Páez, que nos enseñó toda la casa. No sabría decir si la tenían ya para estrenar o estaba recién estrenada, no recuerdo bien, pero la vimos entera, nos explicó cómo estaba reformada, su historia, lo que querían hacer allí... Todo. Una mañana muy agradable porque no hizo mucho calor.

Granada es protagonista en la novela de Felipe y en mis cuadros, es lo que nos inspira. Nos gusta tanto Granada que, tal vez por eso, los veranos los pasábamos aquí. Habíamos ido algunas veces a París, con nuestros consuegros, pero siempre en viajes cortos. Teníamos previsto ir un verano a Italia. No pudo ser.
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