"Cuando un policía hace un desahucio es como si algo se le rompiese por dentro"

El novelista catalán, que fue seminarista y después mosso d'esquadra durante 20 años, presenta 'Respirar por la herida', un tratado sobre el dolor de vivir y el sentimiento de venganza

G. Cappa granada | Actualizado 28.04.2013 - 05:00
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Víctor del Árbol, ayer, en la Acera del Casino.

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Ser personaje de Víctor del Árbol es lo peor que se puede desear a un enemigo. El autor catalán hace de sus novelas un tratado sobre el sufrimiento. Respirar por la herida es la historia de un pintor que se llama Eduardo, un hombre feliz que está casado y tiene una niña de 14 años. Es "un tío muy feo" que está casado con una "tía espectacular" que además está enamoradísima de él. Volviendo de vacaciones un conductor provoca un accidente y su familia muere. Entonces conoce a Gloria, concertista, una mujer rica y muy atractiva que le llama para que le pinte un retrato muy especial. Él se gana la vida pintando al por mayor para centros comerciales y Gloria le explica que tenía un hijo adolescente y que un conductor borracho le atropelló y le quitó la vida. Ese hombre está a punto de salir de la cárcel y Gloria le pide que le haga un retrato de cómo es ese hombre.

-El conductor no se apellidaría Ortega Cano…

-No, pero me viene al pelo porque demuestra una vez más que la realidad supera a la ficción. Ella está muy cabreada con el sistema porque indultan al que ha matado a su hijo porque es un personaje con mucho dinero. Le dice a Eduardo que quiere que se haga amigo de él y que averigüe si siente remordimientos. A partir de ahí nace esta historia que se debate entre la necesidad de olvidar para seguir adelante o la necesidad de no olvidar para poderte vengar, cuando la venganza es un motor para tapar el agujero del dolor. Por otro lado está Eduardo, que intenta volver a engancharse a la vida. Esta novela te araña por dentro y deja preguntas al lector como 'si me pasara a mí, ¿que haría?'. La venganza tiene unas consecuencias que tienes que asumir porque en cuanto decides vengarte te estás equiparando a esa persona, te conviertes en alguien distinto y hay puertas que cuando las abres no tienen marcha atrás. Yo planteo que es más valiente tirar para adelante y perdonar que la venganza, que es un impulso que no te deja avanzar, te hace respirar por ese dolor.

-Si Gloria decide perdonar se queda usted sin novela… La venganza es un gran motor literario, ahí está 'El Conde de Montecristo'…

-Hay muchas formas de vengarse, igual que hay muchas formas de perdonar. Para perdonar hay que entender las razones del otro, y eso es muy duro, es todo un proceso. En esta novela hay un personaje, Ibrahim, que tarda más de 40 años en vengarse porque convierte la venganza en el motor de su vida y sabe que en cuanto la cumpla su vida carece de significado. Entonces se establece un síndrome de Estocolmo con el otro, le odia pero lo necesita para poder vivir.

-¿Existe el destino pero con muchos matices?

-Sí, en mis novelas se ve desde el principio que no va a tener un happy end. Pero creo que el destino se lo trabaja uno, parece que no podemos escapar de nuestra suerte pero en cada decisión que tomas marcas tu destino.

-Pero también viene a decir que los odios, por ejemplo, se heredan, que es otra forma de predestinación. Usted triunfa en Francia pero los españoles tienen una aversión al país vecino que parece que está en los genes desde la invasión de las tropas napoleónicas….

-Los tópicos están para romperlos. Larra decía que escribir en España es llorar, a mí me cuesta ser profeta en mi tierra. En Francia me tratan muy bien, desde Vázquez Montalbán aprecian mucho la literatura española y el tema de la Guerra Civil española interesa mucho allí, por ejemplo. Lo que pasa con Francia le pasa a los vecinos de una comunidad, que viven de oídas y de espaldas.

-Acaba de pedir la excedencia en los Mossos d'Esquadra, donde ha trabajado más de 20 años. ¿Ha tenido que intervenir en algún desahucio? ¿Qué siente un policía cuando entra en una habitación y ve que el niño que se va a quedar en la calle tiene los mismos juguetes que el suyo?

-Yo me marché en junio de la policía, he vivido situaciones de esas. La gente tiene que entender que un policía no desahucia a nadie, quien lo echa es la Justicia, es el funcionamiento del sistema. Cuando un policía hace un desahucio es como si algo se le rompiera por dentro, es una esquizofrenia, tú tienes tus valores, tu familia, amigos, y cuando te quitas el uniforme eres un ciudadano más, pero cuando estás allí te están exigiendo que cumplas con la ley, con una ley que a mí al menos me parece injusta. Es como si te tiraran dos caballos por dentro. Lo que luego no sale en las imágenes es cuando esa familia se queda con los muebles en la calle y tienes que ir con ellos al Ayuntamiento a buscar un piso de acogida porque nadie se preocupa por ellos. Eso no sale en la televisión, igual que cuando una persona se te echa a llorar y tú no sabes qué decirle porque tiene toda la razón, ellos a veces se cabrean con nosotros y tienes que entenderlo. Cuando estás en un desahucio te das cuenta de que lo que estás haciendo es injusto, pero la justicia y la legalidad no tienen muchas veces nada que ver.

-¿Hay sitio para Dios en sus novelas o está de vacaciones?

-Sí que lo hay. En la novela hay un personaje, que es un torturador, que dice que ya sabe que Dios no le va a perdonar por ser como es, pero él tampoco va a perdonar a Dios por hacerle hecho como es. Hay una idea de la trascendencia, de que necesitamos agarrarnos a la idea de que detrás del abismo y la oscuridad hay algo. Yo tengo la obsesión de hablar del dolor, cuáles son la raíces del dolor… Le echamos la culpa a los demás, a la mala suerte, a Dios, al vecino, al Gobierno… Pero pocas veces nos miramos en el espejo y reconocemos que nuestro destino lo marcamos nosotros con nuestras decisiones. Pongo al lector delante de un espejo, que se pregunte qué haría si perdiese de golpe y porrazo a su familia.

-Hablando del dolor, Baudelaire se encontró una vez a un amigo que le dijo que era feliz. "Cómo ha podido usted caer tan bajo", le dijo el poeta…

-La idea de la felicidad está mitificada, la felicidad es un instante, pero la realidad de la vida es que hay que luchar, la vida tiene cosas buenas y cosas malas, pero lo que no te puedes permitir es resignarte, yo no se lo permito a mis personajes.

-En el colegio enseñaban que la resignación es un sentimiento cristiano.

-Esa resignación no sirve de nada. Claro que se puede luchar, a mis personajes no les dejo que se regodeen en sus miserias, intentan escapar de las miserias que yo les planteo. Dicen que mis novelas hacen daño porque yo no tiro de violencia gratuita, hablo del dolor de verdad. Escribo para arañar las tripas de la gente.

-¿La violencia explícita de las películas de Sam Peckimpah no asusta ya a nadie?

-En mis novelas hay una violencia muy elíptica, la violencia tiene sentido si quieres explicar algo, la violencia como algo meramente estético no me dice nada. Mis novelas son duras porque te desnudan, igual que la vida te acaba desnudando.
1 comentario
  • 1 Juan Manuel 29.04.2013, 00:57
    www.guassobeybe.blogspot.com

    Me ha parecido una novela excelente y en cierta manera si es como un espejo. Donde se reflejan y nos hace replantearnos infinidad de cuestiiones. Cuestiones como la envidia, los celos, el amor y el dolor. Los recuerdos y la venganza. En definitiva nos abre la vision de una forma de vida.

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