Tengo hambre, dame un beso

Rafael Espejo / Granada | Actualizado 01.10.2009 - 05:00
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Selección e introducción de Julio César Jiménez Mitad Doble Ediciones, 2009.

Si el amor es el tema que más ha inspirado la imaginación y la creatividad del hombre desde que es hombre, el beso es, sin duda, su gran fetiche. Y a pesar de toda la tinta usada en describirlo, a pesar de los pinceles y cinceles que se gastaron intentando aprehenderlo, a pesar, incluso, de tanta saliva real gustosamente compartida, a pesar de todo eso, digo, no hay dos besos iguales. Sus muchas variantes (el beso pasional, el beso imaginado, el primer beso, el beso de despedida, el beso nupcial, el beso amigo, el beso de un reencuentro...) se multiplican a su vez en cada uno de nosotros cuando nos inclinamos para besar. ¿De qué manera, entonces, definir el beso? ¿De qué hablamos cuando hablamos del beso?

En la antología que ahora sale a luz, ochenta y tres poetas españoles menores de cuarenta años ofrecen su versión personal sobre ese gesto -extraño si lo miramos desde afuera- de juntar dos bocas para decirnos sin hablar. Una torre de babel pero a la inversa, porque tan diferentes y variopintos poemas, lejos de contradecirse, se completan, hacen más complejo el beso, lo preñan de significados. Así, para Antonio Orihuela es casi una cuestión casi biológica ("Tengo hambre,/ dame un beso), para Juan Carlos Abril es un manera de hacerse compañía ("Si alguna vez te beso o si me besas/ tú a mí, y nos encontramos"), para Juan Andrés García Román un trampolín para el delirio bello ("Se besaban a través de un corno inglés. Él soplaba por la boquilla y ella ponía su rostro en el extremo ancho del instrumento. Entonces el corno inglés se transformaba en un improvisado anticonceptivo metálico, en la armadura de un beso")... Cada cual, como vemos, besa diferente.

Pero todos besan desde la juventud. Ese gesto del amor no es en absoluto privativo de una edad. Se trata más bien, o eso entiendo, de un intento por rescatarlo de la costumbre que poco a poco va convirtiéndolo en algo rutinario, de abordarlo cuando todavía es capaz de despertar asombro en quien lo da y quien lo recibe. De volver a un beso desde aquella sensibilidad que el tiempo, poco a poco, va minándonos. No son, en fin, mejores ni peores los besos de portal que los de mesa camilla, pero nunca está de más regalarse un viaje a otra época, o enriquecer la actual con tonos y matices quienes puedan todavía, ¡ay!
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