Viaje total al Sur más sonoro

La Orquesta Sinfónica del Estado de México descubre lo mejor de la composición latinoamericana

Jesús Arias | Actualizado 30.06.2010 - 08:35
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La Orquesta Sinfónica del Estado de México, dirigida por Enrique Bátiz, volvió anoche a corroborar la buena impresión que había dejado en su primera actuación en el Festival Internacional de Música y Danza e hizo viajar al público por todo el continente latinoamericano en un recorrido por sus principales compositores. Fue una noche de descubrimientos y de continuas sorpresas.

La orquesta arrancó con un estreno absoluto en España: la obra Ave Fénix, perteneciente al ciclo orquestal Carnaval, del compositor portorriqueño Roberto Sierra. Se trata de una pieza breve pero impactante que fue un anuncio de lo que vendría después.

Y lo que vino después fue el célebre Tangazo, del compositor argentino Astor Piazzolla, un músico que supo unir su pasión por el tango y el jazz con su devoción por la música sinfónica. En Tangazo se dan la mano melodías que podrían haber sido escritas por Gustav Mahler con ritmos vívidos y coloridos.

La primera parte se completó con las Bachianas brasileiras número 7 del brasileño Héitor Villa-Lobos, otra muestra de fuerza y genialidad compositivas en los creadores latinoamericanos, una obra que aúna la pasión por Bach del compositor con su forma de entender la música de su país.

La segunda parte comenzó con el gran salto a España de la mano de Manuel de Falla y su interludio y danza de La vida breve, una manera de rendir homenaje a España por parte de la orquesta.

Le siguió uno de los grandes platos fuertes de la noche: la Sinfonía india del mexicano Carlos Chávez, una obra de apenas 13 minutos y un sólo movimiento que recupera las melodías y ritmos de diferentes tribus indias de México en una suerte de rescate emocional y musical.

No menos impactante fue el Sensemayá, del también mexicano Silvestre Revueltas, una obra que traía a la memoria pasajes de La consagración de la primera, de Stravinsky y que fue toda una exhibición de ritmos y furia orquestal.

La recta final del concierto fue el vibrante Sones de mariachi, de Blas Galindo, que trajo al Carlos V todo el espíritu de México y el Danzón número 2 , de Arturo Márquez, una obra más pausada, aunque también contundente. Fue una noche de eterno viaje.
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