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Telma Ortiz
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Telma Ortiz
José Antonio / Montilla | Actualizado 14.05.2008 - 01:00QUIZÁS dentro de unos años estudiemos en España el caso Telma Ortiz. Me siento especialmente cerca de una persona que ha decidido enfrentarse a cincuenta medios de la poderosa prensa rosa y me produce especial solidaridad cuando intuyo que lo hace pensando en su hermana, no en la que vive en el Palacio de la Zarzuela sino en la otra, la que no pudo soportar la presión.
Es hora de desenmascarar a esos personajes que viven de chismorrear sobre las vidas ajenas y pretenden ampararse en el derecho fundamental a la libertad de información. Pues no. Cuando la Constitución protege la libertad de información y establece su preferencia sobre los derechos al honor o a la intimidad lo hace en aras de una opinión pública libre e informada, como un pilar básico de una sociedad democrática. Protege al periodista que investiga redes de corrupción, con riesgo de su integridad física; a quien pone al descubierto el mal funcionamiento de los servicios públicos o al que crítica al político de turno. Pero, ¿qué tiene esto que ver con los comentarios sobre las relaciones sexuales del hijo de una famosa o las imágenes de una señora que ha decidido acurrucarse junto a un mendigo?
Lo que hacen esos chismosos que copan programas de televisión está en las antípodas de la formación de una opinión pública libre e informada. Por tanto, podrán contar las vergüenzas de quienes se presten a ello, a cambio de cantidades económicas a menudo suculentas, pero deben dejar en paz a aquellas personas que quieran mantener su privacidad. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos lo expresó en el asunto sobre Carolina de Mónaco. Una persona pública puede ser objeto de atención por los medios de comunicación cuando está en un acto público, pero tiene el derecho a mantener su vida privada fuera del alcance de los medios, cuando los hechos carecen de interés público. El supuesto que nos convoca es aún más extremo pues, a diferencia de Carolina, estamos ante un personaje público a su pesar. Telma Ortiz es conocida porque es hermana de la Princesa de Asturias y, evidentemente, ni puede ni quiere dejar de ser su hermana, sino, simplemente, pretende mantener su vida privada fuera del conocimiento ajeno.
Pero lo más trascendente en este asunto es que esta ciudadana ha pedido al juez que no se informe sobre su vida privada. La prensa rosa se ha acostumbrado a pagar de vez en cuando alguna multa, siempre de cuantía inferior a los beneficios obtenidos por difundir un hecho o una imagen lo suficientemente escabroso. Lo que ahora pide Telma Ortiz no es una indemnización sino que la dejen en paz.
Es hora de desenmascarar a esos personajes que viven de chismorrear sobre las vidas ajenas y pretenden ampararse en el derecho fundamental a la libertad de información. Pues no. Cuando la Constitución protege la libertad de información y establece su preferencia sobre los derechos al honor o a la intimidad lo hace en aras de una opinión pública libre e informada, como un pilar básico de una sociedad democrática. Protege al periodista que investiga redes de corrupción, con riesgo de su integridad física; a quien pone al descubierto el mal funcionamiento de los servicios públicos o al que crítica al político de turno. Pero, ¿qué tiene esto que ver con los comentarios sobre las relaciones sexuales del hijo de una famosa o las imágenes de una señora que ha decidido acurrucarse junto a un mendigo?
Lo que hacen esos chismosos que copan programas de televisión está en las antípodas de la formación de una opinión pública libre e informada. Por tanto, podrán contar las vergüenzas de quienes se presten a ello, a cambio de cantidades económicas a menudo suculentas, pero deben dejar en paz a aquellas personas que quieran mantener su privacidad. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos lo expresó en el asunto sobre Carolina de Mónaco. Una persona pública puede ser objeto de atención por los medios de comunicación cuando está en un acto público, pero tiene el derecho a mantener su vida privada fuera del alcance de los medios, cuando los hechos carecen de interés público. El supuesto que nos convoca es aún más extremo pues, a diferencia de Carolina, estamos ante un personaje público a su pesar. Telma Ortiz es conocida porque es hermana de la Princesa de Asturias y, evidentemente, ni puede ni quiere dejar de ser su hermana, sino, simplemente, pretende mantener su vida privada fuera del conocimiento ajeno.
Pero lo más trascendente en este asunto es que esta ciudadana ha pedido al juez que no se informe sobre su vida privada. La prensa rosa se ha acostumbrado a pagar de vez en cuando alguna multa, siempre de cuantía inferior a los beneficios obtenidos por difundir un hecho o una imagen lo suficientemente escabroso. Lo que ahora pide Telma Ortiz no es una indemnización sino que la dejen en paz.

