Muerte de un transportista

| Actualizado 11.06.2008 - 01:00
LA muerte ayer junto a Mercagranada de un transportista de 47 años, integrante de un piquete de huelga, cuando trataba de detener al conductor de una furgoneta que trasladaba mercancías, ha añadido una nota luctuosa y trágica a una protesta que ha desbordado los aspectos laborales y toca peligrosamente los emocionales, los de los huelguista y los de las miles de personas afectadas por el desabastecimiento. La muerte del transportista, qué duda cabe, fue una acción criminal que la justicia aclarará en su momento pero que, en la medida de lo posible, no debe caldear los ánimos más de lo que están. Es el momento, pues, de hacer un llamamiento no sólo al entendimiento para encontrar una salida al conflicto sino a la calma, para que el incidente de Atarfe no agrave una situación muy comprometida. El paro decidido por las patronales minoritarias del sector ha causado ya una zozobra social considerable y empieza a provocar problemas de abastecimiento. Las negociaciones no avanzan a pesar de la oferta de ventajas económicas y fiscales planteada por el Ejecutivo, que se ve jurídicamente imposibilitado para acceder a las demandas maximalistas de los huelguistas: las tarifas mínimas y la reducción de la fiscalidad de los combustibles. Mientras tanto, los transportistas han perdido por completo la posible simpatía de los ciudadanos hacia su causa. Es sencillo de comprender: los transportistas en paro han tomado como rehenes a millones de españoles, a los que se impide por la fuerza ejercer derechos tan elementales como el de circular libremente o adquirir los alimentos que necesitan. Los transportistas tienen derecho a la huelga, naturalmente, pero no a violentar a sus muchos colegas que no quieren sumarse a ella ni a los ciudadanos que son ajenos al conflicto, pero pagan en primera persona sus consecuencias. Coartar la libertad de las personas es impropio de un comportamiento democrático. Lo lamentable es que las autoridades se están revelando incapaces de garantizar la libertad y la seguridad de la inmensa mayoría ajena a la huelga.
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