la tribuna

La peregrinación ecologista

Enrique Cerdá Olmedo | Actualizado 23.07.2008 - 01:00
EL ecologismo como religión es el tema que desarrollan Boadella y sus juglares en la farsa La cena con toda la acidez y el humor que los han hecho famosos. La Expo de Zaragoza les da la razón erigiéndose por unos meses como lugar de peregrinación, confirmación y penitencia para ecologistas.

La Expo tiene dos grandes santuarios: la Torre del Agua y el Pabellón Puente. La Torre parece un edificio de vidrio y acero de cualquier zona empresarial moderna, pero en realidad es un cascarón en cuyo interior cuelga una escultura abstracta azul que representa, muy aumentada e imagino que con precisión, una gota de agua que se deshace al caer. En realidad, la Torre es una estación de penitencia, porque pegadas a sus paredes transparentes corren dos rampas, una de subida y otra de bajada. A pocos pasos que recorran los visitantes descubren con horror que no hay vuelta atrás, ni conexión entre las dos rampas, ni ayuda mecánica alguna, por lo que se ven forzados a subir hasta el nivel 23, que llamaría piso o planta si los hubiera en el cascarón. Allí, según se dice, recibirán la gracia de contemplar un amplio panorama.

El Pabellón Puente es otra construcción moderna, acostada sobre el río Ebro, que según unos parece una babosa y según otros un gladiolo. Su única función aparente es que los peregrinos zigzagueen por sus túneles interiores acompañados por letreros que desgranan las jaculatorias de la nueva religión en tres idiomas. Su autora, la iraní Zaha Hadid, ya está contratada para destruir uno de los más bellos y útiles jardines de Sevilla para construir lo que parece que será una pesadilla para bibliotecarios. Su obra zaragozana hubiera colapsado si no se hubiera construido un pilar vertical de hormigón armado de tamaño comparable al de la Giralda, que perfora una islita del Ebro hasta alcanzar sustrato sólido.

La religión ecologista contradice sus principios en sus propios santuarios. La Torre y el Puente serían hornos crematorios sin un desperdicio masivo de energía, para el que no parece haberse preparado ninguna medida de ahorro. Ambos edificios han resultado carísimos y su reconversión para algún uso práctico debe serlo aún más.

Estas construcciones estelares comparten con un acuario de peces de río y los pabellones nacionales y autonómicos un explanada de cemento inmisericorde. Aunque la Expo ocupa tierras fertilísimas a orillas de un gran río, la única vegetación acaba de ser plantada en un extremo alejado, que dentro de unos años será un jardín si no lo dejan secar antes. Esta es la Expo del Sol mucho más que la del Agua. Parece apropiado que encargaran al Circo del Sol el pasacalles de mediodía, pero decepcionará a quienes hayan visto a ese circo en su carpa.

Los pabellones nacionales y autonómicos no tienen edificios propios, sino trozos de unas construcciones de dos plantas que recuerdan a un centro comercial de poca categoría. Los que he visto están llenos de frases publicitarias, fotos fijas y vídeos. Por todas partes se leen jaculatorias, del estilo de "Somos agua", y reprimendas, como "Hemos destruido la mitad de los bosques". A nadie se le ocurre decir que si España volviera a su "estado natural", no daría de comer ni a la centésima parte de sus habitantes. El lavado de cabeza y los errores de bulto alcanzan su cumbre en el Pabellón de España, que parece diseñado por la ministra del Medio Ambiente de la farsa de Boadella. Nuestra Comunidad se contenta con repetir "Andalucía, agua y vida" y dar un vídeo de grano grueso llenos de los topicazos más manoseados. Algunos lo encuentran estupendo porque a veces ante la pantalla curva surgen unos chorros de agua y unos láseres. Nuestros vecinos marroquíes nos han ganado por goleada; me gustó particularmente su concierto de olores, en el que tuvieron el acierto de no incluir el de las curtidurías de Fez.

Como corresponde a cualquier lugar de peregrinación, en la Expo hay vendedores de recuerdos y artesanías, puestecillos y restaurantes, más o menos exóticos, pero no tanto como los que ya se encuentran en cualquiera de nuestras ciudades globalizadas.

Mi visita a la Expo duró un solo día y no dudo que un visitante más tenaz o más afortunado encuentre allí mejores recompensas para sus sufrimientos y los 35 euros de la entrada. Pero basta cruzar el río a la Zaragoza histórica para encontrar ofertas mucho mejores. La Seo, después de lentísimas restauraciones, es un gigantesco arcón de tesoros refulgentes. Hay muchas otras cosas bellas en el vecino Pilar, en la Aljafería y en muchas iglesias, palacios y museos. Y a mano de todos ellos, una tentadora colección de mesones y tabernas. Claro que para disfrutar de todo eso con más calma y a mejor precio habrá que esperar a que cierren la Expo.