palabra en el tiempo

Pesebre

| Actualizado 03.08.2008 - 01:00
LAS rabietas periódicas del equipo de gobierno del PP en el Ayuntamiento de Granada a costa del caballo de Guillermo Pérez Villalta contrastan con el embeleso que siente hacia los dos caballos municipales, un éxtasis sentimental que, según las estimaciones contables, supone un gasto de 45.000 euros anuales, más el sueldo de los agentes caballistas. No está mal. Mientras la solitaria pareja sigue comiendo del pesebre municipal la concejalía de asuntos económicos ha destinado una cifra similar, 56.000 euros, a pagar las horas extras de los funcionarios dedicados a identificar y localizar a los morosos que deben 18 millones a las arcas.

Pero seamos justos y no carguemos las tintas exclusivamente sobre esta corporación a costa de los caballos. El síndrome hípico es una patología institucional del Ayuntamiento de Granada que ataca a los gobernantes que embarrancan en la plaza del Carmen, al margen de las ideologías que profesen. Gabriel Díaz Berbel la padeció en las dos formas posibles que adopta, la semoviente y la estatuaria. La primera la representaron aquellos dos caballos de raza árabe que un príncipe de leyenda regaló a la ciudad y cuyo mantenimiento se convirtió en una pesadilla atroz hasta que finalmente fueron descartados del censo (o malbaratados). La segunda adquirió la forma de un antojo: el grupo escultórico del burro y el aguador, una versión noble, pero bruta, del típico caballito del fotógrafo que antes había en todas las ciudades.

El socialista José Moratalla también padeció el síndrome en su aspecto escultural, con el encargo y la colocación de la obra de Pérez Villalta cuyos quebraderos de cabeza aún no han terminado. Y, en fin, Torres Hurtado la revivió con la obsesión, por un lado, de eliminar el caballo socialista (como si fuera uno de Troya, con un alcalde de la competencia en el interior) y, de otro, con la adquisición de los dos ejemplares que forman la cuadra municipal y que están sangrando la economía, sobre todo si tenemos en cuenta al escaso lucimiento que el PP hace de los dos brutos.

Que yo recuerde, los caballos debutaron como elemento intimidatorio durante uno de los más populosos botellones que ocuparon el centro de la ciudad y luego actuaron como elemento decorativo en las pasadas elecciones municipales. Aún veo a los caballos paseando de arriba a abajo, como si fueran metáforas del poder municipal, por el bulevar de la Avenida de la Constitución recién inaugurado. Luego se eclipsaron en los establos de la Huerta del Rasillo, concentrados en el trabajo de devorar la ración diaria de pienso, convertidos en elementos suntuarios de una corte mordida por los primeros síntomas de la crisis.