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Todas las crisis de la crisis
la esquina
Todas las crisis de la crisis
| Actualizado 21.11.2008 - 01:00LA crisis que decían que no era crisis, sino desaceleración suave y efímera, ha llegado ya a recesión -la riqueza generada es inferior a la del año anterior- y amenaza con ser larga y profunda. Vamos, que en vez de recesión sea depresión. La depresión psicológica se extiende y la económica está a la vuelta de la esquina.
Cuando el gobernador del Banco de España, de reconocida ideología socialdemócrata, recomienda al Gobierno que sea prudente y no aumente ahora el gasto público porque pueden venir tiempos peores y cogernos desguarnecidos y sin capacidad de maniobra, es para echarse a temblar. ¿Qué nos espera en el 2009? Miedo da pensarlo.
Sobre todo, porque hay varias crisis dentro de la crisis, crisis que se interrelacionan. Cada una lleva a la otra o la agrava y, a su vez, tiene que encajar los golpes de la otra. Todo empezó por una crisis financiera y localizada: las hipotecas basura concedidas y negociadas en Estados Unidos. Luego se constató que la basura afectaba a casi todo el sistema financiero, que los bancos habían explotado a fondo la codicia humana desatada de una época de euforia y que muchos agentes económicos y ciudadanos habían corrido riesgos imprudentes en su afán por hacer dinero rápido.
Naturalmente, si la banca y la bolsa caen con estrépito, la economía productiva, que depende del crédito, termina por envenenarse. Así entramos, pues, en la crisis económica real: construcción paralizada, despidos, coches sin vender, caída del consumo, paro, bajada de la inversión, morosidad, auge de los empeños y los comedores de beneficencia...
La crisis económica aguda conduce a la crisis social. El desempleo golpea a las familias, las empobrece y tensa sin remedio. Los que aún tienen empleo viven desasosegados preguntándose hasta cuándo. Las diferencias sociales están en peligro de convertirse en fractura, en una confrontación de los de arriba con los de abajo. La calle ha comenzado a agitarse y el malestar es fácil que derive en disturbios, porque no estamos en la España de alpargatas, no, pero mucha gente se está quedando sin ingresos para pagar la hipoteca del piso y tampoco alberga la esperanza de buscar un empleo distinto al que le han quitado. Por lo mismo, porque la crisis económica es generalizada. No hay dónde guarecerse.
Y una crisis social, con desórdenes y desesperación, ha de afectar necesariamente al sistema político. Su legitimidad se verá, seguro, cuestionada. Los ciudadanos lo pasan mal y lo que ven al frente es una clase política endogámica y satisfecha, adormecida en sus prebendas y sus debates sectarios, además de impotente (esto no es sólo culpa suya) para capear el temporal. De ahí podría venir una crisis política, que veremos cómo se manifiesta.
Cuando el gobernador del Banco de España, de reconocida ideología socialdemócrata, recomienda al Gobierno que sea prudente y no aumente ahora el gasto público porque pueden venir tiempos peores y cogernos desguarnecidos y sin capacidad de maniobra, es para echarse a temblar. ¿Qué nos espera en el 2009? Miedo da pensarlo.
Sobre todo, porque hay varias crisis dentro de la crisis, crisis que se interrelacionan. Cada una lleva a la otra o la agrava y, a su vez, tiene que encajar los golpes de la otra. Todo empezó por una crisis financiera y localizada: las hipotecas basura concedidas y negociadas en Estados Unidos. Luego se constató que la basura afectaba a casi todo el sistema financiero, que los bancos habían explotado a fondo la codicia humana desatada de una época de euforia y que muchos agentes económicos y ciudadanos habían corrido riesgos imprudentes en su afán por hacer dinero rápido.
Naturalmente, si la banca y la bolsa caen con estrépito, la economía productiva, que depende del crédito, termina por envenenarse. Así entramos, pues, en la crisis económica real: construcción paralizada, despidos, coches sin vender, caída del consumo, paro, bajada de la inversión, morosidad, auge de los empeños y los comedores de beneficencia...
La crisis económica aguda conduce a la crisis social. El desempleo golpea a las familias, las empobrece y tensa sin remedio. Los que aún tienen empleo viven desasosegados preguntándose hasta cuándo. Las diferencias sociales están en peligro de convertirse en fractura, en una confrontación de los de arriba con los de abajo. La calle ha comenzado a agitarse y el malestar es fácil que derive en disturbios, porque no estamos en la España de alpargatas, no, pero mucha gente se está quedando sin ingresos para pagar la hipoteca del piso y tampoco alberga la esperanza de buscar un empleo distinto al que le han quitado. Por lo mismo, porque la crisis económica es generalizada. No hay dónde guarecerse.
Y una crisis social, con desórdenes y desesperación, ha de afectar necesariamente al sistema político. Su legitimidad se verá, seguro, cuestionada. Los ciudadanos lo pasan mal y lo que ven al frente es una clase política endogámica y satisfecha, adormecida en sus prebendas y sus debates sectarios, además de impotente (esto no es sólo culpa suya) para capear el temporal. De ahí podría venir una crisis política, que veremos cómo se manifiesta.

