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Todo es crisis
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Todo es crisis
| Actualizado 21.11.2008 - 01:00SI a cualquiera de las noticias que aparecen en los diarios se les antepusiera como causa necesaria la expresión "la crisis" los acontecimientos, por disparatados o aleatorios que fueran, se volverían más creíbles, sensatos y verdaderos. De hecho, cada vez más abundan en la prensa los titulares que comienzan de este modo: La crisis dispara tal cosa. O la crisis eleva, o rebaja, apila, distorsiona, obliga o determina. La crisis aumenta las visitas al psiquiatra, las venta de analgésicos, el consumo de hojaldrinas, las separaciones matrimoniales, los orzuelos, la venta de colchones, la floración de lobanillos, las muelas cariadas, aumenta el uso de los calcetines con tomates, el sentimiento religioso, las velas a San Pancracio, etcétera. ¿Qué ha sido el fallido homenaje de Bono a una monja en el Congreso de los Diputados si no una consecuencia de los delirios de la crisis? ¿Qué cosa hay en el mundo que no tenga como causa remota la crisis? Admitámoslo: Ninguna.
Dado un sistema cualquiera de relaciones causales siempre encontraremos una sinapsis que conecte cualquier acontecimientos con la crisis. Esta ley que podríamos denominar ley del imperativo crítico (a la vez físico y metafísico) relativiza el azar, la voluntad y el albedrío. Un ejemplo. La crisis obliga a mirar para otro lado y buscar un apaño para abrir el centro comercial Nevada. No porque la Junta o el Ayuntamiento de Armilla desprecien el imperio de la ley sino porque la crisis, ay, la crisis, transforma las convicciones en una pasta translúcida con escasa consistencia. Si la crisis ha obligado a reinventar los fundamentos del capitalismo ¿cómo no va a ablandar la resistencia ante unas cuantas hectáreas de hormigón? Tomás Olivo conoce muy bien la ley del imperativo crítico y, consecuentemente, ha puesto en marcha toda su influencia para convencer a unos y a otros de la inevitabilidad de la norma.
No lo duden. Si la norma no fuera ineludible ¿alguien duda de que los sindicatos habrían reaccionado con furia ante los despidos en masa? Su prudente silencio no es conformismo sino producto de una crisis que igual debilita el coraje que elimina el sentido del ridículo. Los jornaleros de Sánchez Gordillo se ha convertido en una especie de compañía obrera ambulante que va representado por las ciudades y los pueblos la toma del palacio de invierno. Aquí en Granada los sombríos y terrosos braceros de Marinaleda tomaron, con la misma verosimilitud que una función de moros y cristianos, una inmobiliaria y la oficina de un banco. Luego las devolvieron, claro. ¿Quién quiere hoy una inmobiliaria? Al espectáculo sólo le falta una introducción cantada. ¡La crisis, ayayay, la crisis!
Dado un sistema cualquiera de relaciones causales siempre encontraremos una sinapsis que conecte cualquier acontecimientos con la crisis. Esta ley que podríamos denominar ley del imperativo crítico (a la vez físico y metafísico) relativiza el azar, la voluntad y el albedrío. Un ejemplo. La crisis obliga a mirar para otro lado y buscar un apaño para abrir el centro comercial Nevada. No porque la Junta o el Ayuntamiento de Armilla desprecien el imperio de la ley sino porque la crisis, ay, la crisis, transforma las convicciones en una pasta translúcida con escasa consistencia. Si la crisis ha obligado a reinventar los fundamentos del capitalismo ¿cómo no va a ablandar la resistencia ante unas cuantas hectáreas de hormigón? Tomás Olivo conoce muy bien la ley del imperativo crítico y, consecuentemente, ha puesto en marcha toda su influencia para convencer a unos y a otros de la inevitabilidad de la norma.
No lo duden. Si la norma no fuera ineludible ¿alguien duda de que los sindicatos habrían reaccionado con furia ante los despidos en masa? Su prudente silencio no es conformismo sino producto de una crisis que igual debilita el coraje que elimina el sentido del ridículo. Los jornaleros de Sánchez Gordillo se ha convertido en una especie de compañía obrera ambulante que va representado por las ciudades y los pueblos la toma del palacio de invierno. Aquí en Granada los sombríos y terrosos braceros de Marinaleda tomaron, con la misma verosimilitud que una función de moros y cristianos, una inmobiliaria y la oficina de un banco. Luego las devolvieron, claro. ¿Quién quiere hoy una inmobiliaria? Al espectáculo sólo le falta una introducción cantada. ¡La crisis, ayayay, la crisis!

