la tribuna

Una cumbre esperanzadora

| Actualizado 21.11.2008 - 01:00
LA cumbre de Washington del pasado fin de semana no va a evitar la crisis económica internacional, pero los acuerdos alcanzados pueden hacerla pasar a la historia como una de las reuniones internacionales de mayor trascendencia de las últimas décadas.

Los analistas no le concedían demasiado crédito a una reunión en la que algunos querían "refundar el capitalismo", pues las circunstancias en las que ha sido convocada (una crisis generalizada que cada día muestra mayor gravedad, enfoques distintos de la UE y EEUU y la interinidad del presidente convocante de la primera potencia mundial), la complejidad de los asuntos que pretendían abordarse y el escaso tiempo para los debate entre los líderes mundiales (apenas seis horas) pronosticaban que de la cumbre no se podía esperar más que una foto y un comunicado de buenas intenciones. Sin embargo, aunque en un contexto de recesión generalizada es difícil que una reunión de esta naturaleza se salde con optimismo, la cumbre ha satisfecho las mejores expectativas.

En primer lugar, por la propia celebración de la cumbre. Frente al reforzamiento del unilateralismo de EEUU bajo la presidencia de Bush, la mera celebración de la cumbre es un reconocimiento implícito de que un mundo globalizado requiere una gobernanza global y, si bien aún estamos muy lejos de ésta, la presencia de 22 países que aportan el 84% del PIB mundial y el 65% de la población, y entre los que se encuentran economías emergentes con creciente relevancia en la economía mundial (China, India, Brasil), es el reconocimiento de un multilateralismo reforzado.

En segundo lugar, porque los acuerdos para la reforma del sistema financiero internacional van en la buena dirección. Así, se acordó reforzar la regulación y supervisión financiera, promover la integración de los mercados financieros, reforzar la cooperación internacional y reformar las instituciones financieras internacionales. Estos acuerdos de principio deberán plasmarse en propuestas concretas antes de cinco meses. Los acuerdos no llegan al máximo de lo que algunos países europeos hubiesen deseado (una reforma profunda del FMI para que controle los sistemas de supervisión de las entidades financieras), pero se sitúan en una posición intermedia entre los que abogaban por una estricta regulación financiera y los que les preocupa que se estrangule la capacidad creativa de los mercados.

En tercer lugar, por el acuerdo sobre la coordinación de las políticas frente a la crisis. Agotada prácticamente la política monetaria por los sucesivos recortes de los tipos de interés (en la Eurozona queda aún algún margen de reducción), el comunicado final de la cumbre afirma que "usaremos la política fiscal para estimular la demanda interna con efecto rápido, al tiempo que se mantiene un marco propicio para la sostenibilidad fiscal", y el FMI concreta que "los recortes de impuestos y la expansión del gasto público llegue al menos al 2% del PIB en cada país". Esta decisión es un signo inequívoco de la percepción de gravedad de la recesión por parte de los líderes mundiales, pues la adopción de esas políticas implica riesgos a medio plazo por el aumento de los déficits públicos y la dificultad de financiación, lo que exigirá que los países que acumulan grandes reservas, como China, Japón o los países árabes exportadores de petróleo, estén dispuestos a financiar las emisiones de deuda pública. Aun poniéndose en práctica estas medidas fiscales coordinadas no se impedirá la recesión mundial, pero podría evitar que el paro alcanzase niveles socialmente insoportables.

En cuarto lugar, porque la cumbre toma nota de las tendencias proteccionistas que se desatan en tiempos de crisis y apuestan con rotundidad por el libre comercio al acordar impulsar la mortecina Ronda Doha de la Organización Mundial de Comercio y alcanzar acuerdos antes de final de año.

Muchos analistas se han mostrado escépticos por los resultados de la cumbre porque creen que sólo se ha producido una declaración de intenciones; sin embargo, los acuerdos han sido bastante concretos en cuanto a la necesidad de reformar el sistema financiero para dotarlo de mayor transparencia, control de los agentes financieros y un calendario razonablemente preciso. Pero aunque sólo fuese una declaración de intenciones, el solo hecho de compartir el diagnóstico y la estrategia de políticas y reformas por países tan diferentes son avances inimaginables hace sólo un par de meses.

El tiempo nos dirá si ha sido una reunión histórica, pero cuando menos ha sido el mayor esfuerzo de coordinación internacional de las últimas décadas y, si se cumplen las voluntades y acuerdos expresados el pasado sábado, la cumbre pasará a los anales de la historia.
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