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El pajín mental de las edades
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El pajín mental de las edades
Pilar Bensusan | Actualizado 15.06.2009 - 01:00PUs sí, es un embrollo tremendo lo que está consiguiendo formar este gobierno planetario, con el intergaláctico ZP al mando y sus satélites de inteligencia preclara que actúan a sus anchas aunque tengan a casi todo un país en contra. Es el caso de los que tenemos hijos adolescentes, que ya no sabemos a qué atenernos en esto de la mayoría de edad, porque hasta hace poco se adquiría tal condición a los 18 años, pero ahora resulta que la ministra de Igual Dá la quiere rebajar a los 16 para las nenas, a fin de que aborten sin decirles ni mú a sus padres; por lo que, deduzco que los nenes-padres de las pobres criaturas condenadas a ser abortos no tendrán ni voz ni voto en semejante desvarío, puesto que para ellos la edad para opinar seguirá en los 18. No obstante, estas abortistas precoces y silenciosas, no podrán votar en las elecciones porque curiosamente no se las considera capaces para elegir a un gobierno, como tampoco para poder comprar bebidas alcohólicas ni tabaco, aunque, eso sí, las relaciones sexuales consentidas las podrán mantener libremente desde los 13 años.
Pero a este caótico desfile de edades, por cierto bastante dispar -cómo no, a la baja- de los países de nuestro entorno civilizado, hay que añadir que la mayoría de edad penal sigue en los 18 años, aunque la Ley Orgánica 5/2000, de 12 de enero, regule la responsabilidad penal de los menores de edad; pero es que, si los menores son tan adultos para abortar ellos solitos, igualmente deberían cargar con todo el peso de la ley para cuando delincan, que eso también lo saben hacer muy bien cuando quieren, y si no que se lo pregunten a los padres de Marta del Castillo.
Y si hasta ahora no nos hemos confundido bastante con las edades de nuestros hijos adolescentes, resulta que si éstos cursan estudios de 1º de Bachillerato y suspenden tres o cuatro asignaturas, podrán repetir sólo esas y no todo el curso si cuentan con el consentimiento de los padres, ya que, como sólo van a recibir unas pocas horitas de clase al día, para zanganear el resto de la jornada necesitan el sí de los papás.
Mientras, en el peligroso y mortal ámbito de la conducción, un joven puede tener carnet para conducir un ciclomotor a los 16 años -y antes a los 14-, y convertirse en un potencial peligro con esos arranques de velocidad, piruetas, alcohol y negligencia que suelen conformar un cóctel infernal los fines de semana. Por su parte, los del cine opinan que hay un salto tremendo en la clasificación de las películas entre los 13 y los 18 años.
Excepto en el preocupante supuesto de la mayoría de edad penal, cuya rebaja no sólo demanda la sociedad, sino también la realidad delictiva española, toda esta locura legislativa debería igualarse a los 18 años en todos los casos si no queremos una juventud desorientada y a la deriva.
Pero a este caótico desfile de edades, por cierto bastante dispar -cómo no, a la baja- de los países de nuestro entorno civilizado, hay que añadir que la mayoría de edad penal sigue en los 18 años, aunque la Ley Orgánica 5/2000, de 12 de enero, regule la responsabilidad penal de los menores de edad; pero es que, si los menores son tan adultos para abortar ellos solitos, igualmente deberían cargar con todo el peso de la ley para cuando delincan, que eso también lo saben hacer muy bien cuando quieren, y si no que se lo pregunten a los padres de Marta del Castillo.
Y si hasta ahora no nos hemos confundido bastante con las edades de nuestros hijos adolescentes, resulta que si éstos cursan estudios de 1º de Bachillerato y suspenden tres o cuatro asignaturas, podrán repetir sólo esas y no todo el curso si cuentan con el consentimiento de los padres, ya que, como sólo van a recibir unas pocas horitas de clase al día, para zanganear el resto de la jornada necesitan el sí de los papás.
Mientras, en el peligroso y mortal ámbito de la conducción, un joven puede tener carnet para conducir un ciclomotor a los 16 años -y antes a los 14-, y convertirse en un potencial peligro con esos arranques de velocidad, piruetas, alcohol y negligencia que suelen conformar un cóctel infernal los fines de semana. Por su parte, los del cine opinan que hay un salto tremendo en la clasificación de las películas entre los 13 y los 18 años.
Excepto en el preocupante supuesto de la mayoría de edad penal, cuya rebaja no sólo demanda la sociedad, sino también la realidad delictiva española, toda esta locura legislativa debería igualarse a los 18 años en todos los casos si no queremos una juventud desorientada y a la deriva.

