Huracán 'Carmen'

El Palacio de Carlos V vive una de sus grandes noches con la ópera de Bizet revisitada por Sir John Eliot Gardiner con una voluptuosa interpretación de la soprano italiana Ana Caterina Antonacci

G. Cappa | Actualizado 04.07.2009 - 01:00
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TREMENDA Carmen. La ópera de Bizet dejó al público del Carlos V con los oídos como platos, casi besando el ticket de la entrada. Sir John Eliot Gardiner obró el milagro de la ópera y los peces: conseguir que un montaje sobradamente conocido emocione y sorprenda a cada instante. El terremoto comenzó en la misma obertura con la Orquesta Revolucionaria y Romántica, el Coro Monteverdi y un formidable reparto de cantantes liderados por la mezzo italiana Ana Caterina Antonacci, quien se llevó la inevitable puñalá al final después de tres horas y diez minutos, de madrugada. En este tiempo vertiginoso, quedó claro el virtuosismo y la riqueza cromática de los músicos en feliz conjunción con el Coro Monteverdi y una Carmen llegada de Italia bellísima, voluptuosa, creíble. Uno de los papeles más complejos del repertorio donde muy pocas cantantes han sabido encontrar ese difícil punto medio, sin caer en un exceso de refinamiento o en la vulgaridad. La de ayer era fieramente sensual, con el pelo revuelto de la habanera del comienzo, con el botón desabrochado de sus enaguas, frotándose el muslo con descaro, enamorando a sus compañeros como dice el guión y a los espectadores como también estaba escrito inevitablemente. Una interpretación de bandera.

La Antonacci y Eliot Gardiner, la verdadera historia de amor de ayer. Por encima de Carmen y el tenor lírico Andrew Richards en el papel del violento brigadier don José. Como contrapunto la soprano Anne-Catherine Gillet en el papel de Micaela, la dulce huérfana enamorada que no logra evitar la tragedia final con la calentura de perro de José. Protagonistas arropados por la seda vocal del Coro Monteverdi, fundado en Cambridge hace más de 40 años.

Carmen se escuchó íntegramente por primera vez en el Festival de Granada y, cuando falta más de una semana para que suene la última nota, cumplió con las expectativas de convertirse en la cita de referencia de la presente edición.

La más española de las óperas, y a la vez la más francesa, con todos los tópicos hispanos (gitana, torero granadino, contrabandista....), con una genial música que traspasa las fronteras territoriales para convertirse en un mito de alcance universal, como Don Juan o Fausto. La obra maestra de Georges Bizet, basada en la novela homónima del escritor e historiador Prosper Merimé, demostró que las pasiones humanas no pasan de moda como los pantalones. Y eso pese a que Vicente Aranda casi consiguió hacer odiar a la seductora gitana en su poco afortunada adaptación cinematográfica. Ayer, Eliot Gardiner consiguió en Granada hacer olvidar la 'fechoría' perpetrada por el director y la Antonacci dejó a Paz Vega como una gitana ninfómana sin más.

Existen varias versiones: unas en las que los diálogos hablados se sustituyen por recitativos cantados, y otras más fieles a la voluntad del compositor, que murió a los pocos meses del estreno, con 37 años de edad, incapaz de asumir el naufragio ante un público que no supo digerir la audacia subversiva de su protagonista.

Pero ayer fue todo un homenaje al efímero genio. No en vano, Gardiner triunfó con esta obra en la Ópera Cómica de París, justo donde fracasó Bizet en 1875 cuando mostró por primera vez su creación, ambientada en la entonces exótica ciudad de Sevilla sobre un libreto de Ludovic Halévy y Henri Meilhac. Pasados 134 años, el montaje del director inglés ha sido proyectado incluso en medio centenar de cines de Francia, Suiza y Bélgica. Y el público en París paga con gusto 150 euros, el doble de la entrada más cara de ayer en el Palacio de Carlos V. Gardiner, ligado a la renovación de la música antigua y cercano en sus primeros momentos a la estética barroca, volvió a mostrar potencia, maestría técnica y una lectura personal de las obras que ya quedó clara en su anterior visita al Festival de Granada en 2007 al frente de la English Baroque Soloists. En su regreso al Carlos V puso patas arriba a Carmen y al propio Festival.