la bitácora

Literatura celular

Félix De Moya | Actualizado 04.07.2009 - 01:00
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LAS nuevas tecnologías no respetan nada! Lo están invadiendo todo. Han acabado con la comunicación face to face. A las nuevas generaciones les resulta más excitante (¡tanto inglés está haciendo estragos!) chatear a través del portátil que conversar amigablemente sentados en un banco de la plaza. En mi casa a mis hijos les parece un desafuero (tranquilos, ellos no usan esa palabra) que yo me queje de que chateen de una habitación a otra en lugar de hablar, aunque sea a gritos. La cita erudita que para los de mi generación añadía valor a los argumentos, ha sido sustituida por la mediación tecnológica. Hoy lo que realmente da más valor a lo que se dice es que se diga a través de cualquier medio tecnológico. No importa tanto el pedigree del opinante como el medio usado para transmitir la opinión (McLuhan de nuevo). La fascinación que sienten muchos de nuestros congéneres por la tecnología como transmisora de conocimiento no debe ser muy distinta a la que sienten otros por los soportes convencionales. Lo peor es que a cada paso encontramos más conversos a la verdadera fe tecnológica. Y, ya se sabe, no hay nada peor que un converso. Son precisamente estos nuevos conversos tecnológicos los más aguerridos defensores de sus creencias recién abrazadas. Y sé muy bien por qué lo digo, yo mismo soy miembro de esa cofradía y padezco en propia carne todos y cada uno de los síndromes que acompañan a esta nueva adicción.

Esta confesión pública me la ha sugerido la lectura en diferentes medios de comunicación de que en estos días empiezan a estar disponibles a través de los teléfonos móviles relatos cortos de Juan José Millás. De hecho, uno se puede suscribir a este servicio y recibir periódicamente en su móvil uno de esos relatos. Esto de acceder a la literatura en mini dosis a través del teléfono móvil empezó en Japón en el año 2003 con novelas por entregas dirigidas a adolescentes. La primera en publicarse tenía un título nada sutil: Deep Love. Supongo que para quienes no podían digerir nada escrito que excediera de los 1.600 caracteres de un mensaje de texto, esto de la literatura enlatada para móviles debía ser todo un hallazgo. A mí, a pesar de la fascinación tecnológica que declaro padecer, me da la impresión de que es una triste manera de acceder a la literatura, pero si no hay otra… Quizá a esto se refieren los que denuestan cada día las mediaciones tecnológicas por empobrecedoras. De momento si a los muchos adolescentes a los que el Sistema Educativo no ha conseguido fascinar con la cultura, termina fascinándolos un móvil, bienvenido sea.