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Sin fecha de caducidad
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Sin fecha de caducidad
Juan José Ruiz / Molinero | Actualizado 04.07.2009 - 01:00LAS promesas de los políticos no tienen fecha de caducidad. Si, por ejemplo, nos dijo Zapatero que vendría en AVE en el 2007, Griñán, que es presidente, por ahora, de Andalucía manda el asunto al 2013, seguramente para coincidir con algo que se ha convertido en otra entelequia: el milenio del Reino de Granada.
En realidad, si repasamos nuestra historia inclemente -al margen de episodios sangrientos que todavía están dando que hablar, como la memoria de los asesinados por el régimen franquista, aún sin resolver, y que va de mano en mano judiciales como la falsa 'monea' de la copla-, nos encontraremos, digo, con asuntos que de vez en cuando nuestras queridas 'autoridades enanas' -Ganivet dixit, repito, para que no me crean un subversivo- sacan del baúl de los recuerdos y le ponen la novísima etiqueta. Me refiero, al tren a Motril, que ahora podría participar en un corredor ferroviario del Mediterráneo, que sólo existe en la imaginación de algunos. Viendo en lo que se ha tardado en terminar la autovía de la costa, con gobiernos del PP y del PSOE, el corredor ferroviario podría seguir sonando a cachondeo, como ya ocurrió desde el siglo XIX.
Pero en Granada, capital, poseemos otro producto sin fecha de caducidad: el genial invento del 'metro' que, por cierto, sólo será subterráneo, por ahora, en algún lugar. Pero mientras tanto tenemos la ciudad paralizada en sus arterias más importantes -Camino de Ronda, Zaidín, etc.- y no sabemos el tiempo que durarán las obras. Pueden ser tres, cuatro, o treinta años, como ha ocurrido en Sevilla. Las 'vias alternativas' son aberrantes embudos. Ahora que asisto con frecuencia, por razones profesionales y por mi declarada afición por la música, al Festival, tengo que coger el coche hora y media antes de que comience el espectáculo para atravesar el carril del Picón, superar el embudo de Obispo Hurtado, arrojar la moneda al aire por si es mejor coger Pedro Antonio de Alarcón o Arabial para salir a una rotonda que me lleve, rumbo autovía, al aparcamiento de la Alhambra, donde, tras penetrar solemnemente por la Puerta de Sing Sing -no es la de Kiev, de los Cuadros de una exposición- me quedarán veinte minutos -si voy con una persona mayor que yo, para qué decir- hasta acceder al Carlos V.
Es un pequeño ejemplo, élitista' por cierto, del padecimiento de los granadinos por obras -de la Junta, municipales, incluso particulares- para transitar por una ciudad o para salir o entrar en ella. Todos son vallas y obstáculos. Y lo peor es que no tienen fecha de caducidad. Caducarán antes -políticamente me refiero- los que mueven estos trances atroces, que la fecha de terminación de las obras, hechas todas a la vez y sin el más mínimo respeto por los ciudadanos, Aunque, ¿cuándo ha habido aquí respeto para ellos? Nos consideran gentes sumisas, obedientes y un poco borregos.
En realidad, si repasamos nuestra historia inclemente -al margen de episodios sangrientos que todavía están dando que hablar, como la memoria de los asesinados por el régimen franquista, aún sin resolver, y que va de mano en mano judiciales como la falsa 'monea' de la copla-, nos encontraremos, digo, con asuntos que de vez en cuando nuestras queridas 'autoridades enanas' -Ganivet dixit, repito, para que no me crean un subversivo- sacan del baúl de los recuerdos y le ponen la novísima etiqueta. Me refiero, al tren a Motril, que ahora podría participar en un corredor ferroviario del Mediterráneo, que sólo existe en la imaginación de algunos. Viendo en lo que se ha tardado en terminar la autovía de la costa, con gobiernos del PP y del PSOE, el corredor ferroviario podría seguir sonando a cachondeo, como ya ocurrió desde el siglo XIX.
Pero en Granada, capital, poseemos otro producto sin fecha de caducidad: el genial invento del 'metro' que, por cierto, sólo será subterráneo, por ahora, en algún lugar. Pero mientras tanto tenemos la ciudad paralizada en sus arterias más importantes -Camino de Ronda, Zaidín, etc.- y no sabemos el tiempo que durarán las obras. Pueden ser tres, cuatro, o treinta años, como ha ocurrido en Sevilla. Las 'vias alternativas' son aberrantes embudos. Ahora que asisto con frecuencia, por razones profesionales y por mi declarada afición por la música, al Festival, tengo que coger el coche hora y media antes de que comience el espectáculo para atravesar el carril del Picón, superar el embudo de Obispo Hurtado, arrojar la moneda al aire por si es mejor coger Pedro Antonio de Alarcón o Arabial para salir a una rotonda que me lleve, rumbo autovía, al aparcamiento de la Alhambra, donde, tras penetrar solemnemente por la Puerta de Sing Sing -no es la de Kiev, de los Cuadros de una exposición- me quedarán veinte minutos -si voy con una persona mayor que yo, para qué decir- hasta acceder al Carlos V.
Es un pequeño ejemplo, élitista' por cierto, del padecimiento de los granadinos por obras -de la Junta, municipales, incluso particulares- para transitar por una ciudad o para salir o entrar en ella. Todos son vallas y obstáculos. Y lo peor es que no tienen fecha de caducidad. Caducarán antes -políticamente me refiero- los que mueven estos trances atroces, que la fecha de terminación de las obras, hechas todas a la vez y sin el más mínimo respeto por los ciudadanos, Aunque, ¿cuándo ha habido aquí respeto para ellos? Nos consideran gentes sumisas, obedientes y un poco borregos.

