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Ordenar la convivencia
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Ordenar la convivencia
Milena Rodríguez / Gutiérrez | Actualizado 24.11.2009 - 01:00UNO de los recuerdos más vivos que tengo de mi viaje a Pisa durante el pasado verano es la representación, en una céntrica calle, junto al río Arno, de una especie de show, mezcla de circo, espectáculo humorístico, obra de teatro. Era la noche de un sábado y dos actores, que luego se revelaron también acróbatas y cómicos, convocaban a los paseantes y los incitaban a convertirse en público. El improvisado espectáculo duró casi una hora, e incluyó chistes sobre los políticos y sobre la mafia italianos y también malabares y acrobacias. La calle de la función era peatonal y por ella asomaban de vez en cuando los carabinieri que, después de comprobar que todo estaba en orden, se retiraban pacíficamente. Al final del show, los peatones convertidos en público reímos y aplaudimos durante un buen rato y echamos contentos unos cuantos euros en el sombrero que pasaron los actores.
He recordado la anécdota en estos días, al leer la nueva Ordenanza Municipal para la Convivencia creada por el Ayuntamiento de Granada. Si dicha ordenanza hubiera existido en Pisa, pienso, aquel espectáculo callejero no hubiera tenido lugar y sería imposible, por supuesto, que yo, turista de paso, guardara ese recuerdo que otorga en mi memoria vida real a una ciudad en la que sólo estuve unos pocos días.
La nueva ordenanza municipal dice preocuparse por la convivencia y el civismo, pero lo cierto es que, entre medidas sensatas, introduce numerosas insensateces y un control tan férreo de cuanto sucede en la llamada vía pública que más que ordenar la convivencia la arrasa. Casi todo está prohibido: actuaciones de músicos callejeros, acrobacias, repartir octavillas, colocar pancartas, la venta ambulante, ofrecer (y recibir) servicios como los de limpiar los parabrisas o de videncia. Y lo que no lo está, requiere solicitar una autorización expresa del Ayuntamiento.
Diversas críticas ha recibido la ordenanza, de Izquierda Unida y de colectivos sociales. Razones económicas, sociales, prácticas desaconsejan tantas prohibiciones, multas y sanciones, tanto embrollo burocrático. ¿Qué harán todas esas personas convertidas de pronto en delincuentes? Pero hay un motivo más para cuestionar la ordenanza. Esa ciudad que propone (o impone) la normativa no será cívica, porque para ser cívicos, hemos primero de estar vivos. Pienso en el turista de Pisa que mañana nos visitará, y que encontrará una ciudad limpia y ordenadísima. Una ciudad acaso perfecta, pero falsa, artificial, inerte. Una ciudad cuyas calles no le dejarán un solo recuerdo real, de vida.
He recordado la anécdota en estos días, al leer la nueva Ordenanza Municipal para la Convivencia creada por el Ayuntamiento de Granada. Si dicha ordenanza hubiera existido en Pisa, pienso, aquel espectáculo callejero no hubiera tenido lugar y sería imposible, por supuesto, que yo, turista de paso, guardara ese recuerdo que otorga en mi memoria vida real a una ciudad en la que sólo estuve unos pocos días.
La nueva ordenanza municipal dice preocuparse por la convivencia y el civismo, pero lo cierto es que, entre medidas sensatas, introduce numerosas insensateces y un control tan férreo de cuanto sucede en la llamada vía pública que más que ordenar la convivencia la arrasa. Casi todo está prohibido: actuaciones de músicos callejeros, acrobacias, repartir octavillas, colocar pancartas, la venta ambulante, ofrecer (y recibir) servicios como los de limpiar los parabrisas o de videncia. Y lo que no lo está, requiere solicitar una autorización expresa del Ayuntamiento.
Diversas críticas ha recibido la ordenanza, de Izquierda Unida y de colectivos sociales. Razones económicas, sociales, prácticas desaconsejan tantas prohibiciones, multas y sanciones, tanto embrollo burocrático. ¿Qué harán todas esas personas convertidas de pronto en delincuentes? Pero hay un motivo más para cuestionar la ordenanza. Esa ciudad que propone (o impone) la normativa no será cívica, porque para ser cívicos, hemos primero de estar vivos. Pienso en el turista de Pisa que mañana nos visitará, y que encontrará una ciudad limpia y ordenadísima. Una ciudad acaso perfecta, pero falsa, artificial, inerte. Una ciudad cuyas calles no le dejarán un solo recuerdo real, de vida.


GRANADA CIUDAD DE VIEJOS Y PARA VIEJOS. Como decía Sánchez Dragó a propósito de la tierra: "El mundo está muerto solo que aún no nos hemos dado cuenta" Granada está muerta y no nos damos cuenta" porque todo lo que suena a vida( la vida en la calle) está prohibido.