manías

La autoridad externa

Erika Martínez | Actualizado 09.02.2010 - 01:00
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AUNQUE hace tiempo que el coco ha sido desterrado de nuestra amenazada imaginación, sigue habiendo padres que recurren a una autoridad externa para hacer callar a sus hijos en público: como no te calles viene el señor conductor, el señor camarero o el señor policía, y te regaña. No es extraño que esos niños hayan desarrollado una gran manía hacia sus padres, e incluso a veces hacia la propia idea de paternidad.

Para bien y para mal, España tiene un gobierno paternalista. Por nuestro bien, se impulsaron sin refrendo leyes polémicas -y en mi opinión necesarias- como la del matrimonio homosexual, la regulación del consumo de tabaco en lugares públicos o la ley de integración de la mujer. Para nuestro mal, se afrontaron algunas problemáticas sociales repartiendo cheques como si fueran caramelos, en vez de llevar a cabo reformas profundas que incidieran en la justicia social.

Este fin de semana, por ejemplo, se desvelaron los pormenores de pasillo de la nueva reforma laboral. Su objetivo declarado: mejorar de imagen de España en los mercados internacionales mediante un recorte del gasto público. Su causa: la acuciante pérdida de crédito, provocada según el Ejecutivo por el ataque de poderosos especuladores, que nadie señala ni persigue porque deben ser tan abstractos como el coco. Todos sabemos que la economía de un país depende en parte de la inversión extranjera. Estos días nos han explicado, además, que la competitividad de nuestros bonos en los mercados de deuda pública depende de esa cosa etérea llamada credibilidad. Yo veo difícil que una Unión Europea de mayoría claramente conservadora apruebe medidas que discutan su ideología económica. Credibilidad significa, por tanto, aceptar las reglas de juego que establecen los partidos de Merkel o Sarkozy.

Pero esas reglas de juego, en teoría, no son las que se votaron en España. Me gustaría pensar que el recorte social no es la única vía para frenar una crisis provocada por la especulación. ¿Por qué debe pagar el Estado de bienestar la quiebra que ocasionaron imprudencias bancarias? Tiene que haber soluciones alternativas, pero hay que reconocer que no es fácil buscarlas con toda Europa en contra. El actual Gobierno parece estar frente a un callejón sin salida. Por eso lanza golpes de efecto, recula, se contradice y recurre, como un padre desesperado, a autoridades externas: portaos bien, callaos ya, que vienen el señor Fondo Monetario Internacional, el señor Banco Central Europeo o la señorita Financial Times, y nos van a regañar.
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