Del Dio Toro

Dos rarezas de Juan Pedro

Morante y el tesoro perdido. Dos toros fuera de tipo entre los 12 juampedros jugados en Sevilla en 2008 y 2009 · De interés y triunfo los dos.

Barquerito | Actualizado 29.04.2009 - 13:31
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De los doce toros de Juan Pedro Domecq jugados en la Maestranza este año y el último, los dos de emoción han sido toros poco habituales en la ganadería. No puede decirse que fuera de tipo, porque la casa se presta a muchos saltos por la escala. Toros raros. Porque en Sevilla uno no espera encontrarse, dentro de una corrida relativamente pareja como la de ayer, un toro como el tercero. Algo degollado y con las mazorcas tan finas.

También rompió la baraja hace un año aquel toro con el que en tarde de desatado viento se peleó con hombría Sebastián Castella. Una faena, aquélla, de tensión. No sólo porque el viento la genera por sí solo, sino porque el toro se revolvía con una agresividad casi fiera. La agresividad que Juan Pedro ha pretendido, y logrado, limar en su ganadería. Y en lo que se llama el “encaste Juan Pedro Domecq”. Si no sale un toro como este otro de ayer, no habría sido obligado rescatar del olvido aquel otro de hace un año.

Pero nadie es dueño de su memoria. Ni siquiera en cuestiones menores como una corrida de Juan Pedro en Sevilla, donde ha echado tantas. Y en el fondo, y en la forma, tan parecidas que sólo los toros mejores se han dejado encasillar por el nombre de quien los toreó y no por otra razón. Por eso se salió tan de norma el toro de Castella, que esta tarde cumple feria. Del toro de Castella se dijeron muchas cosas. Ninguna descalificadora. Ni siquiera el ganadero se llevó las manos a la cabeza. El mejor y el único muletazo por alto que le pegaron a aquel toro se lo pegó Juan Pedro. A toro arrastrado.

Se pasó con él mucho miedo. Y miedo con Castella, que es uno de los toreros que menos miedo pasan. Y si lo pasa, lo disimula mejor que nadie. Ahora y siempre. El toro del viento reafirmó a Castella en una temporada nada sencilla. Y este tercero de la corrida de Juan Pedro de ayer ha servido para darle alas nuevas al vuelo de un torero tan singular como Morante, que, después de mucho estudiar la razón plástica del toreo, ha logrado una cosa nada sencilla: parecerse a sí mismo y a nadie más. Es el torero del cuadro pero que se ha salido del cuadro. Zabala de la Serna ha escrito hace dos días que la referencia de Morante es Antonio Bienvenida y la teoría es fiable y, álbum de fotos en mano, demostrable. Linda agudeza.

Morante ha conseguido, además, no dejarse parecer por nadie, que es todavía más difícil porque eso ya no depende de él. Un alevoso estrellón contra un burladero después de banderillas, un puyazo al relance y mal sangrado, cierta frialdad o falta de ritmo, una pizca de viento o quién sabe si una desacertada elección de terreno, mano y distancia. Lo que fuera, pero a la hora del combate el toro, de salida entregado en un recibo calmosísimo de Morante, estaba de pronto encogido, a la espera y amenazante. Los signos del temperamento reservón, que también Juan Pedro decidió un día extirpar en su casa como mala hierba. Pero en el fondo del toro, algo incierto, había alguna virtud: seguramente, la entrega. Constantes la entrega y la firmeza de Morante, y precisa su rica técnica, el toro acabó descolgando y, enganchado y traído un poquito por fuera, humillando también. Sin la gracia de Morante, que a pies juntos y a medio compás compuso primorosamente. Como si torear fuera dibujar.
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