Luque y José Tomas, perfectos

'Miraflores' de Núñez del Cuvillo fue indultado en una tarde redonda para el diestro sevillano· El de Galapagar dio una lección de torería ante una afición entregada a su valor y arte

Antonio Capilla | Actualizado 13.06.2009 - 09:29
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José Tomás, Luque y el mayoral salen a hombros del coso./ Villoslada

Hay tardes para recordar, y ayer fue una de ellas. Cuando hay tantas cosas y tan buenas, no es fácil destacar sobremanera alguna de ellas, y es que hubo tantos momentos buenos y llenos de emoción que gustaría acertar en el orden de prelación, pero lo que importa realmente es lo que ocurrió en la plaza y lo que el público pudo vivir en una tarde que quedará marcada para siempre en la retina de los aficionados y público que abarrotó el coso de Doctor Olóriz y eso que la cosa no empezó para tirar cohetes, con unos toros muy escasos de todo y que hicieron que los tendidos tuvieran el ánimo por los suelos, a excepción del tercero al que lució Luque, y de qué manera.
Pero vamos por partes. Lo de Daniel Luque en el primero de su lote fue bueno aunque con un toro muy cortito. Esperaba en toriles Miraflores, con 539 kilos de peso, número 216 en los costillares y colorao bragado, un toro indultado y con el que el de Gerena hizo perrerías. Y eso que el toro se había distraído en un quite por chicuelinas muy ajustado al salir del caballo. Luque ya había triunfado pero quería más.
Lo sacó muy en torero a los medios y ahí comenzó a trabarse el sueño de un torero. Dio distancia, midió los tiempos y templó por el pitón derecho, pero al toro le costaba y se quedó debajo en algún remate con el de pecho. Pero el sevillano lo dejó reposar, sabedor de la bondad del animal. Alargó la mano al natural, le toca el engaño y descompone, pero se enrabieta Daniel y le aguanta rematatando con uno de pecho larguísimo. Pase cambiado por la espalda, pies juntos y muy entregado en torero. Pide la música, que por cierto no se entera, se lo pasa muy cerca y lo embarca con un redondo interminable, el de pecho muy largo. Ya el público estaba entusiasmado y el diestro torerísimo. Aguante, cambio de manos, con una vibración increíble y ya salían los primeros pañuelos para perdonar la vida al toro. Pero continúa en toreo desmayado, un circular y manoletinas de remate. La plaza boca abajo y todo el mundo disfrutando de lo visto.
Lo del tercero fue también importante, pero con menos enjundia por la escasez del toro. Además, parte del respetable parece que se equivocó y pidió el rabo porque creía que el presidente, Florencio Pérez, había concedido sólo una oreja, cuando había sacado los dos pañuelos a la vez. Una simple anécdota comparado con lo vivido. La faena fue emotiva, variada y llena de emoción.
Tras templar lo justo del toro por el pitón derecho, clavó el estoque en el ruedo y realizó unos cambios de manos vistosísimos. Estaba muy por encima del toro y remató con unos adornos y trincherillas muy toreras, su entrega fue absoluta. Máximos trofeos para un torero joven con las ideas claras.
Pero dejamos a Luque y cogemos a José Tomas. Otra dimensión. Incluso hizo bueno y premió al quinto con el pañuelo azul y eso que sólo topó en el caballo. Para qué más. Las manos del torero de Galapagar son un prodigio. Su cuerpo una estatua, y la forma de concebir el toreo, de otros tiempos. Gaoneras muy ajustadas en el quite, y José Tomás, a los medios. De allí no se movería. Los terrenos no son un problema, por donde él dice, se pasa.
Barbilla en el pecho y estatuarias para cualquier anuncio de cartel, el remate con el de pecho, larguísimo. Cita de lejos, se rompe y ajusta por el pitón derecho, ganándole terreno al toro con un toreo limpio. Aparecen los olés del respetable.
Da tiempo al astado, se aleja y cita de frente. Aguanta lo indecible y tira del animal con torería y ligazón. Eso sí, sin dejarse enganchar y con el toque justo en el momento preciso.
Se va de nuevo del toro, y el oponente se ve vencido. Cambio de manos, adornos y la plaza se viene abajo, aquello, sencillamente increíble.
El primero del madrileño no decía nada, la faena no tenía profundidad ni armonía, y carecía de emoción. Su empeño fue casi vano. Eso sí, los remates de pecho toreando al natural y un circular invertido larguísimo fueron antológicos. La oreja no fue precisamente de las más caras.
Javier Conde pasó muy de puntillas por Granada, pero no de las que a él le gustan, sino de las tardes en las que no pudo ser. Para colmo se sintió indispuesto en el descanso y tuvo que entrar en la enfermería. Su primer toro fue de mantequilla y su labor casi de empleado de Cruz Roja. La faena no tenía ni ajuste ni contenido, y por supuesto de emoción nada de nada.
Con el cuarto intentó sacar esa personalidad que atesora, pero el toro no tenía ningún interés y la faena poco argumento. Algún pase cambiado y el empeño de Conde, pero parte del público ya protestaba. Al menos el malagueño lo habían intentado, pero poco más.
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