Bailar literatura desde lo onírico

Sortilegio de sangre.Fernando Romero. Idea original y coreografía: Fernando Romero. Intérpretes: Elena Algado, Fernando Romero, Miguel Ángel Corbacho, Jesús Carmona, Miguel Ortega, Ana María Bueno, Carlos Méndez. Composición musical original: Pepe Nieto. Dirección de escena: José Antonio. Guión, dramaturgia y adaptación: Pepe Nieto/ Fernando Romero. Lugar: Teatro Lope de Vega. Fecha: Viernes, 21 de setiembre. Aforo: Tres cuartos.

Sortilegio de sangre es un espectáculo mucho más narrativo que Le Badinage, la última pieza de Fernando Romero ejecutada en los escenarios sevillanos. De hecho, este estreno está más cerca de su otra obra Paseo por el amor y la muerte, una interpretación del infierno de Dante. En ambas, Romero se propone un proyecto muy ambicioso: llevar al baile obras maestras de la literatura universal. En este caso, Shakespeare. En concreto, Macbeth. No se puede aspirar más alto.

Los intérpretes fueron conscientes en todo momento de la carga de significado de todos y cada uno de sus movimientos. Pero esto no lleva necesariamente a buen puerto. Por ejemplo, el guión parece haber constreñido la fuerza y grandiosidad del baile de Romero. Se echó en falta la inmensidad característica de sus brazos abiertos en cruz, cual veleta que gira y gira sin parar, como movida por un viento interior. También podría haber explotado más la potencia de precisión milimétrica de sus piernas. Uno se lleva la impresión de que se ha dado prioridad a la dramaturgia con respecto al baile.

Una de las escenas más potentes del espectáculo es aquella en la que Ana María Bueno baila con los dos primeros muertos, como endemoniada, tras entender que tendrá las manos manchadas de sangre para siempre. Qué garra flamenca la del rey que aún baila con la cabeza alta a pesar de estar cubierto de sangre.

Grandes aciertos las ralentizaciones, tanto en el baile de Romero como en la interpretación de todos los comensales ante el banquete que augura toda la muerte que vendrá después.

Quizás habría cabido no ajustarse tanto al guión a la hora de enfocar el baile, que probablemente habría ganado mucho con apuestas más abstractas, meramente formales. ¿No enriquecería el espectáculo ese bailar por bailar de Le Badinage? Pero quizás eso no sería ya literatura bailada, sino un baile-literatura, que no tratase de representar otra cosa, que no distinguiera entre contenido y representación.

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