xvii bIENAL DE FLAMENCO

Secretos de un matrimonio

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Aleluya erótica. Belisa: Rosario Toledo. Don Perlimplín: José Valencia. Personaje simbólico y música: Daniél Méndez. Arreglos musicales: Emilio Morales. Diseño de Iluminación: Dominique You. Coreografía: Rosario Toledo y Juana Casado. Adaptación, espacio escénico y dirección: Juana Casado. Lugar: Teatro Central. Fecha: Jueves, 20 de septiembre. Aforo: Lleno.

El secreto de este matrimonio es que es el único matrimonio que no tiene secretos. Esta falta de sustancia dramática contrasta con la carne, la fuerza, la entrega que Rosario Toledo le dio a su personaje chorreante, felino, ninfomaníaco y anorgásmico creado por Lorca. Toledo es uno de los mayores talentos del baile flamenco contemporáneo, perfectamente desaprovechado. Todavía mantengo la esperanza de asistir a ese gran espectáculo de Rosario Toledo, quizá la mejor bailaora de su generación, aunque esta Bienal no va a ser, pese a que hace unos días presentó el espectáculo de calle Vengo, de 20 minutos de duración. La entrega de la bailaora a Belisa contrasta con la inconstancia, la incapacidad de entrega y el carácter volátil, de flor en flor, de su personaje. Un carácter que, extrañamente, se apoderó de toda la obra. El espectáculo propone mucho pero no tiene nada. Salvo lo que sus enormes intérpretes aportan. En especial Rosario Toledo, pese a que la puesta en escena no le ofrece el espacio, la serenidad, la oportunidad de profundizar en una emoción, en un carácter, en un baile, en un silencio, en una propuesta. Esta levedad, este carácter ligero y volátil, de flor en flor, que propone mucho, que incita al espectador en muchas direcciones pero que no se queda en cosa alguna, se está apoderando de buena parte de la escena flamenca contemporánea. Sociólogos habrá que sepan interpretarlo a la luz de la influencia de las nuevas tecnologías, el lenguaje televisivo o la internet. En todo caso, esta Aleluya erótica abarca mucho y aprieta poco, pese a que Toledo se aprieta. La bailaora gaditana hace un despliegue impresionante de facultades danzísticas y de entrega física, fatalmente desaprovechadas.

Y pese, también, al cante y al gran trabajo físico, escénico, que ha desarrollado José Valencia. Sus cantes, tarantas, granaínas, aperecen deslabazados y sin conexión con la dramaturgia. Las letras tradicionales que dice Valencia a duras penas se insertan en la acción dramática. Con la excepción la canción Muerto de amor.

Y pese a la partitura enorme que ha desarrollado Daniel Méndez, uno de los grandes tocaores de hoy, como grande es el cante de Valencia, como grande es el baile de Toledo. El toque nervioso de Méndez ha ganado serenidad, confianza, desgarro y emoción, justamente las cualidades que le faltan a la obra en su conjunto. El toque de Méndez, delicioso, es otro hecho aislado en esta obra. Hasta tal punto es así que, para resolver el callejón sin salida dramático, la propuesta hecha mano de la memoria sentimental, en forma de música épica fílmica y del Pequeño vals vienés de Lorca-Cohen-Morente.

A Daniel Méndez tampoco lo veremos con un espectáculo propio en esta Bienal, pero a José Valencia sí, el próximo día 26.

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