Entre la candidez y el esperpento

La Celestina. Ballet Shoji Kojima Flamenco. Dirección y coreografía: Javier Latorre. Idea original: Shoji Kojima. Dirección musical: Chicuelo. Escenografía: Chiaki Horikoshi. Intérpretes: Shoji Kojima, Cristian Lorenzo, Tamara López, Hugo López, Pablo Fraile, Ayumi Yanagiya, Kanako Maeda, etc. Cante: El Londro, Jesús Méndez, Mónica Navarro. Guitarras: Chicuelo, Flavio Rodrigues. Violín: Olvido Lanza. Chelo: Jordi Claret. Percusión: Perico Navarro. Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha: Viernes, 28 de setiembre. Aforo: Medio.

Esta interpretación de La Celestina a cargo del ballet Shoji Kojima Flamenco puso de relieve que el flamenco no consiste en la ejecución más o menos correcta de una serie de pasos. Tampoco bailar (a nivel profesional) se reduce a eso.

Si no hubiera sido por el elenco español (bailarines, músicos y cantaores), el público se habría ido a casa con un gran malestar. Es una gran fortuna que el Ballet Nacional de España cuente con bailarines de la talla de Cristian Lorenzo (quien, por cierto, no tenía parangón en el escenario).

Es comprensible que se quiera rendir tributo a figuras extranjeras que tanto bien han hecho por la difusión del flamenco. Eso, sin embargo, no excusa la penosa interpretación de Shoji Kojima. ¿Acaso no ha sido darle un papel de tanta relevancia un error? El personaje debería, al menos, haber sido enfocado de otra manera. Cabría haber explotado en breves apuntes el carácter grotesco de su figura, sus brazos chirriantes, como desafinados. Por desgracia, sus solos resultaron, cuando menos, torpes, repetitivos, sosos. Y el escenario, enorme. De igual manera, los bailarines japoneses dejaban mucho que desear. No sería complicado encontrar en los estudios de baile de esta ciudad a compatriotas suyos que los superasen en precisión y vigor. Era difícil no reconocer en ellas a las cortesanas de Imamura. Una razón más para haberle sacado partido a un imaginario muy diferente al que reinó en el escenario.

La historia se seguía bien. La estructura coreográfica, tradicional, cumplía su objetivo en ese sentido, si bien abusaba de ciertos lugares comunes. Sobraban golpes, pavoneos, puñales.

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