Un hermoso y cuidado ejercicio de libertad

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Cuando las piedras vuelan. XVI Bienal de Flamenco. Compañía Rocío Molina. Coreografía y baile: Rocío Molina. Dirección de escena: Carlos Marqueríe. Dirección musical y arreglos de cante: Rosario Guerrero La Tremendita. Cante: Rosario Guerrero La Tremendita, Gema Caballero. Música original y guitarras: Juan Antonio Suárez Cano, Paco Cruz. Palmas: Vanesa Coloma, Laura González. Fecha: Domingo, 19 de septiembre. Lugar: Teatro de la Maestranza. Aforo: Lleno, con las localidades agotadas.

El trabajo que anoche llenó a rebosar el Teatro de la Maestranza fue un encargo de esa maravilla de centro cultural que es la Laboral de Gijón para inaugurar su temporada 2009-2010. Un pieza que reunía a dos artistas completamente diferentes y que, para sorpresa de algunos, ha encontrado un hueco en la Bienal.

En Cuando las piedras vuelen Carlos Marqueríe, director teatral (entre otras cosas, fue cofundador del grupo La Tartana y director de la Sala Pradillo de Madrid), iluminador y artista plástico, se ha encargado de ordenar un enorme espacio, poblándolo de elementos que constituyen verdaderas instalaciones, y de iluminarlo en un auténtico alarde técnico. ¡Qué alegría ver espectáculos donde el sonido deja que la música se escuche, donde se utilizan las distintas partes que tiene el escenario, dejándolas envueltas en la luz o en la penumbra, según lo requiera la pieza, sin que el público se pierda detalle!

Y en medio de ese pequeño universo, presidido por una pantalla central en la que se proyectan algunas imágenes, está Rocío Molina, una de las bailarinas más completas de este siglo cuya historia empieza ya a pesar.

Rocío ha hecho lo que ha querido y lo ha hecho porque podía hacerlo. En primer lugar, porque con sus anteriores trabajos se había ganado ya la admiración incondicional del público, como se pudo comprobar anoche con la cerrada ovación con que la premió. Y luego porque, impregnándose como una esponja de todo lo que ve desde que tenía tres años, ahora, a los 26, su sabio cuerpo está en condiciones de escribir sus propias partituras y su mente, liberada de prejuicios, le da su permiso. Por eso, cuando decidió hablarnos de su necesidad de volar, de salir de la jaula en la que, como todos, a veces había vivido, pensó en su deseo y no en el efecto o en la estética. Para eso estaba Marqueríe, con su rigor, su respeto por un flamenco que conoce poco, y sus imágenes, hermosas imágenes como la del final, cuando más de cien lucecitas bajan del techo mientras el abanico de Rocío aletea para levantar el vuelo. Y se desnuda, y se deja enterrar en un nicho de piedras, y acepta el reto -el obstáculo- de bailar dentro de un pequeño cuadrilátero. Pero cómo se eleva con su danza buscando el inestable equilibrio. Cómo se dirige a todas las direcciones buscando una salida -como los pájaros, como los búhos que aparecen en la pantalla- sin atreverse a desplazar su centro de gravedad Cómo cambia de temperatura cuando sus brazos flotan, o hienden el aire (¿se habrá encontrado ya con Rudolf Laban?), o cuando sus pies dan latigazos en el suelo.

Luego, superada la prisión espacial, se mide con el tiempo, con la velocidad de sus pies. Porque es joven. Porque puede. Y es capaz de fumar mientras baila dejando un halo de humo suspendido en la luz de los más de treinta proyectores laterales. Y todo ello sin descuidar la música que la acompaña, una multitud de ritmos que la inspiran, llámense alegrías, guajiras, tangos o cantes folclóricos asturianos para irse difuminando sin dejar que el público se implique, cambiando de registro antes de que éste pueda desahogarse con un ole. De este modo, con un ritmo a veces desigual pero siempre dulce, casi melancólico, se va completando un trabajo en el que cada uno aporta su grano de arena: la estupenda guitarra de Cano, la de Cruz, las voces femeninas y complementarias de La Tremendita y Gema Caballero, la de cristaliana garganta. Todos contribuyen a lograr un espectáculo cuidado y coherente pero el centro absoluto, el sentido último de este trabajo, es la danza de una bailarina extraordinaria llamada Rocío Molina.

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