Una mirada inteligente y lejana

XVI Bienal de Flamenco. Cía. 8co80. Idea original, dramaturgia, adaptación y creación de textos: Elena Carrascal. Puesta en escena: Evaristo Romero. Dirección escénica: David Montero. Intérpretes: Juan Carlos Lérida, Marco Vargas, Marcos Jiménez y Chloé Brûle (bailarines), Ana Malaver (actriz) y Juan José Amador (cante y adaptación de letras). Composición musical: Raúl Cantizano, J.M. Rubio, Antonio Montiel, Fathi Ben Yakoub. Diseño de vestuario: Carmen Giles. Diseño de iluminación: Ada Bonadei. Espacio escénico: José María Sánchez Rey. Lugar: Teatro Central. Fecha: Jueves, 23 de septiembre. Aforo: Lleno.

Antes que nada, justo es saludar el nacimiento de la nueva compañía 8co80, una productora ya existente en este caso, que desde el sector privado se lanza al ruedo sin red y debuta con uno de los proyectos más arriesgados de esta Bienal: contar a través del baile algunos episodios de la vida del mítico Alejandro Magno.

Dada la magnitud histórica y la complejidad personal del que fuera rey de Macedonia y dominador de una gran parte de Oriente en tan sólo trece años de reinado, el trabajo de poda (fundamentalmente de Elena Carrascal) ha debido ser inmenso. Al final, Alejandrías, ha quedado en un simple relato lineal en el que los recuerdos de Olimpia, su madre, dan pie a escenas coreografiadas e interpretadas por cuatro estupendos bailarines y un corifeo de excepción (Juan José Amador, el canta-historias del flamenco), sobre un fondo musical en el que el flamenco se une a cadencias e instrumentos orientales, reflejo de la integración entre los pueblos que se produjo por iniciativa del famoso rey.

Una por una, las escenas muestran la ambigua y estrecha amistad que le unió con Hefestión y el dolor que le produjo su muerte, sus juegos con su femenino servidor, Bagoas, las difíciles relaciones que mantuvo con Roxana, una de las dos bellas mujeres con las que se casó y con la que tuvo a su único hijo, las batallas que sostuvo y, al final, su oscura muerte.

Los cuatro intérpretes, bailarines de primer orden todos ellos, hacen un trabajo enorme y lleno de matices para reflejar con el movimiento toda esa complejidad, en especial Juan Carlos Lérida, que interpreta a Alejandro y firma la coreografía del conjunto. El espectáculo, además, está bien iluminado y tiene un original vestuario de Carmen Giles. Sin embargo, hay que admitir una distancia con los hechos que resta emoción al trabajo. No hay una progresión emocional que nos permita involucrarnos, aun como espectadores, en lo que se está contando. La linealidad simplifica -que no es poco- pero también elimina la sorpresa, tan necesaria en el teatro, y tampoco ayuda el hecho de invitar a una actriz para convertirla, sin motivo aparente, en una estatua de sal de principio a fin. En cualquier caso, el resultado es más que digno para tamaña empresa.

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