Bruckheimer pasa de mago a torpe aprendiz

El aprendiz de brujo. Fantasía, EEUU, 2010, 111 min. Dirección: Jon Turteltaub. Producción: Jerry Bruckheimer. Con: Nicolas Cage, Alfred Molina, Monica Bellucci.

Basándose en un relato fantástico del mundo clásico Goethe escribió El aprendiz de brujo, que Paul Dukas convirtió en música y Disney en un maravilloso fragmento de su revolucionaria Fantasía. Ahora el trío Bruckheimer/Turteltaub/Cage se mete de por medio y casi estropea la dos veces milenaria historia, a la que además se han sumado elementos de la saga artúrica y sobre la que, como por casualidad, se han dejado caer unas gotitas de Harry Potter. He aquí a un heredero del mismísimo Merlín (Nicolas Cage) buscando a su vez a su propio heredero a través de los siglos, encontrándolo en un joven y rarito neoyorquino (Jay Baruchel) y enfrentándose al perverso Maxim (Alfred Molina) y a la mismísima Morgana (Alice Krige).

Película de magos sin magia cinematográfica, El aprendiz de brujo descansa sobre la espectacularidad de los efectos especiales y la reconocida, pero aquí algo mustia, habilidad narrativa de Jon Turteltaub (autor de las dos entregas de La búsqueda). Ello debió dar tal seguridad a la producción que mandó a los guionistas de vacaciones. Porque los efectos son buenos, aunque excesivos (y sobrados de rayitos eléctricos); y la narrativa de Turteltaub funciona con eficacia mecánica… Pero, ¿para contar qué? Casi nada. Un cosido y recosido de trocitos de otras historias y otras películas hecho, no con la voluntad creativa de collage, sino como remiendos. Hasta el supuesto homenaje al genio de Disney en la secuencia de la rebelión de las escobas (aquí fregonas) falla.

El productor-autor Jerry Bruckheimer, hombre de asombrosa e influyente carrera desde que consagró a Richard Gere hace justo 30 años con American Gigoló y después a Tom Cruise con Top Gun, que cambió la historia del musical con Flashdance y la del cine de acción con Marea roja y La roca y ha roto muchas veces la taquilla -la última con la saga Piratas del Caribe-, sabrá lo que se hace. O tal vez es que, como si de mago de la taquilla hubiera pasado a aprendiz torpe, las máquinas se le han ido de las manos.

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