Cincuenta años siendo modernos

  • Se cumple medio siglo del estreno de 'Al final de la escapada', el clásico de Godard protagonizado por Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg que se convertiría en la cinta emblemática de la 'Nouvelle Vague'

En su imprescindible Diccionario de Cine Fernando Trueba se muestra sarcástico con la génesis de Al final de la escapada, que se une a los destacados cincuentenarios cinematográficos que se cumplen en 2010. Habla de un Godard celoso porque en 1959 François Truffaut había debutado con el éxito de Los 400 golpes. De cómo el suizo consigue productor en el festival de Cannes donde el film de Truffaut es ensalzado sin saber siquiera qué película hacer, el caso era hacer una. De cómo por tercera vez el gran François se cruza en su camino pues le cede unos apuntes que generarán el film. De cómo el productor, Georges de Beauregard, le impone al gran Raoul Cotard como director de fotografía. De cómo al ver que el montaje original era demasiado largo, Godard empezó a cortar sin orden ni concierto, dando por pura torpeza con el peculiar ritmo de la cinta. Y por último, de cómo en el estreno se proyectó con una ventanilla equivocada que deformó los planos. Pero ansiosos de una revolución estética en los comienzos de la década prodigiosa, el público se lo tomó como la innovación del siglo. No es de extrañar el escéptico comentario del propio Cotard con el tiempo: lo peor de la Nouvelle Vague es que hizo pensar que cualquiera podría hacer una película.

Pero a pesar de esta retahíla que puede hundir cualquier reputación crítica, medio siglo después Al final de la escapada sigue siendo la película emblemática de la Nouvelle Vague, de forma un tanto injusta. Ya hemos dicho que Truffaut presento en sociedad el movimiento con Los 400 golpes, pero el film de Godard tenía elementos que lo hicieron pasar como el más innovador. Además de su estética, presentaba una historia urbana, protagonizada por dos émulos de Bonnie & Clyde que daban un aire de libertad romántica. No cabe duda que la juventud de la época sintonizaba mejor con esto que con la dura infancia mostrada en Los 400 golpes. Fue el inicio de una soterrada rivalidad entre ambos cineastas que culminaría en públicas rupturas. Junto a estos dos popes surgieron otros talentos, como Chabrol, Rohmer, Rivette, Vardá, Astruc y algunos más. Sin embargo, su valoración no pasa por su mejor momento. Hasta hace un década cualquier joven cineasta tenía entre sus referentes a alguno de ellos. Las nuevas hornadas no parecen tenerlos como influencia. La Nouvelle Vague fue uno más de los movimientos de "los nuevos cines" que tuvieron lugar en los 60 (El latinoamericano, el de los países del Este, el alemán, el Free Cinema británico, hasta hubo ecos en la España franquista), pero fue el más influyente. Todos estos movimientos renovadores no son ahora tan valorados como en su época. El péndulo de la historia ha girado en contra de ellos. Sin embargo, en el caso de la Nouvelle Vague hay características que le siguen dando carácter de leyenda.

En primer lugar, estos jóvenes turcos venían de la cinefilia militante, término que con ellos adquiere carta de naturaleza. Tras medio siglo de cine, una generación había crecido con las películas, y podía hacer de este medio el centro de su vida. En los años 50 se patearon los cineclubs y la Cinemateca Francesa fundada por Bazin, que se convertiría en el mentor de lo que iba a venir. Toda revolución necesita su órgano de propaganda, y este fue la revista Cahiers du Cinema, fundada en 1951. Todos ellos pasaron por allí e hicieron grandes aportes teóricos como la reivindicación de cierto cine americano, el de serie B y de los géneros, así como de algunos directores como Hawks o el propio Hitchcock, que por increíble que parezca no tenían entonces el status de genios. Muchos de ellos irónicamente estaban a punto de entrar en su período de decadencia como creadores, con lo que este viento venido de Francia les vino muy bien.

Y como buenos revolucionarios, tenían que criticar el orden existente. En este caso, el cine francés dominante, al que ellos acusaban en un término que hizo fortuna de "Qualité" y que ayudaron a barrer con sus propias películas. De hecho este fue uno de los éxitos más duraderos de la Nouvelle Vague, pues durante muchos años el tópico de que el cine galo era un aburrimiento hasta que llegaron ellos fue moneda común. En los últimos tiempos, investigadores como el desaparecido Marcel Oms han intentado recuperar a los cineastas previos a la eclosión de 1959, reivindicando a figuras como Clouzot, Carné, Cayatte, Delannoy, etc.

Por último, hubo dos factores que ayudaron a crear la Nouvelle Vague, uno tecnológico y otro político. Lo tecnológico fue el desarrollo de cámaras móviles como la arriflex (usada significativamente en documentales) y magnetófonos portátiles como el Nagra. Ello permitió una gran soltura a la hora de irse a rodar a la calle aunque se perdiese el glamour técnico del cine hecho en estudio. Pero esta estética más directa formaría parte del contenido del movimiento. Lo político fue más complejo. Los detractores de la intervención del estado en la cultura harán bien en saber que en última instancia la Nouvelle Vague fue una muestra de la Grandeur de De Gaulle. Cuando el general asumió la presidencia de Francia en 1958 nombró ministro de Cultura al novelista André Malraux, que hizo una política de protección al cine que posibilitó que estos jóvenes accedieran a la dirección. A Francia le vino bien, en tiempos en que su papel en el mundo decaía ante las nuevas realidades de la Europa de la segunda postguerra mundial. En una misma tesitura histórica, Gran Bretaña ofrecería a los Beatles y James Bond, De Gaulle una revolución estética.

Medio siglo ha pasado ya desde todo eso. Sólo quedan vivos y en activo dos de estos jóvenes turcos, los octogenarios Godard, que a estas alturas hace mucho se perdió en su discurso, y Chabrol, que hace tiempo encontró una fórmula que repite año tras años. Los demás han ido muriendo. Algunos como Rohmer dieron de sí lo que tenían, mientras otros, como Truffaut, murieron cuando aún les debía quedar mucho cine en la recámara. Generaciones de cineastas han crecido y muerto tras ellos, cada una con su propia circunstancia. Pero nunca se ha dado un grupo tan autoconsciente y que haya generado un grado tan influencia tan considerable. Marcaron muchos caminos. Dándole la vuelta a la cruel frase de Raoul Cotard antes citada, muchos soñaron que podrían hacer cine. Cincuenta años después, los jóvenes que trabajan al margen de los estudios con sus cámaras digitales y sus equipos informáticos de edición siguen esa línea, aunque no sean conscientes de ello.

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