Crítica de Cine

Lluvia de coches

Una escena de la película ambientada en La Habana, una de las muchas localizaciones de esta nueva entrega. Una escena de la película ambientada en La Habana, una de las muchas localizaciones de esta nueva entrega.

Una escena de la película ambientada en La Habana, una de las muchas localizaciones de esta nueva entrega.

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Nada hace pensar que la franquicia Fast & Furious esté agotada tras ocho entregas desde su debut en 2001. Más bien al contrario, cada nuevo filme parece empeñado en superar al anterior en su búsqueda de nuevos retos pirotécnicos, nuevas secuencias de acción inverosímiles, nuevas guest stars (Helen Mirren, Kurt Russell) y nuevos escenarios internacionales en los que desplegar su festín de testosterona machirula, velocidad, rugidos de motor y olor a goma quemada que, junto a una estética de brillo publicitario, viene siendo su imagen de marca como la saga más taquillera de lo que va de siglo.

Esta octava entrega exhibe todo su músculo en tres grandes secuencias en el malecón de La Habana, el centro de Manhattan y la nevada estepa Rusia, sobrevolando el planeta en busca de espacios-límite para interminables carreras de honor y rebeldía sin causa y set-pieces a prueba de especialistas, mecánicos, chapistas y montadores. Son especialmente delirantes, por exceso, las secuencias de persecución neoyorquinas (con lluvia de coches automáticos incluida) y ese interminable tour de force en las llanuras heladas del Mar de Barents en el que los coches compiten contra tanques, submarinos, misiles nucleares y lo que haga falta y se ponga por medio.

El problema, claro está, es lo que hay entre medias, a saber, una exaltación barata de la camaradería masculina ganada a golpe de frase lapidaria, un insultante pretexto melodramático con criaturas de por medio, y una no menos delirante alianza salvadora entre las fuerzas del orden y la delincuencia organizada. Cómo debe de ser el atractivo y la rentabilidad de la saga que hasta Charlize Theron se ha subido al carro como una estupenda mala-malísima en plan Gran Hermana. Mal se tendría que dar la cosa para no verla de nuevo intentando provocar otra guerra mundial en la novena entrega.

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