Crítica de Cine

¿Triste? No, es la vida

Una escena de esta gran película dirigida por Barry Jenkins. Una escena de esta gran película dirigida por Barry Jenkins.

Una escena de esta gran película dirigida por Barry Jenkins. / d. s.

Con una larga y premiada trayectoria en el cortometraje y un único largometraje (Medicine for Melancholy, 2008) que cosechó muy buenas críticas y fue aplaudido en festivales independientes, el director afroamericano Barry Jenkins ha saltado al primerísimo plano internacional con esta excelente, seria, creativa y conmovedora película premiada con el Globo de Oro al mejor drama y nominada a ocho Oscar. Aunque en el año de La La Land y, lo que es peor, de Manchester frente al mar esto dice poco, en este caso premios y nominaciones sí apuntan a una gran obra contribuyendo a difundirla. Gracias a ello la tenemos en nuestras pantallas.

Basándose en la obra teatral del autor y actor también afroamericano Tarell Avin McCraney In Moonlight Black Boys Look Blue (A la luz de la luna los chicos negros parecen azules) Jenkins presenta tres momentos de la vida de un chico negro de la periferia marginal de Miami: su infancia introvertida y desamparada, acosado por sus compañeros, abandonado por un padre al que no conoce y desatendido por una madre adicta al crack, que solo encuentra cierto apoyo en un vendedor de droga que no ha perdido su humanidad; su adolescencia siempre desamparada -los problemas de la madre y el acoso van a peor- en la que asume su homosexualidad en un entorno brutalmente machista; y su madurez como creador/víctima de su propia vida.

Jenkins conoce y aprecia, entre otras, las obras de Malick y Linklater, adoptando con creatividad, como inspiración y no como copia, algunas de sus innovadoras soluciones formales y narrativas. Y debería conocer, si no las conoce, las obras de Pasolini. Porque el conmovedor y revelador uso de la música clásica, en este caso el Laudate Dominum de las Vespereae solennes de Confessore de Mozart, tiene el hondo sentido humano y antirretórico (lo opuesto al uso de Albinoni en Manchester frente al mar: aquella es una gira turística por la pobreza y ésta es un testimonio sentido) que el genio italiano dio a Mozart, Vivaldi o Bach llevándolos a la desolada periferia romana en Accatone o Mamma Roma.

Las soluciones arriesgadas -elipsis, suspensión del sonido, estatismo de los personajes frente a la cámara- están insertadas en el relato con la naturalidad de lo que es necesidad expresiva y narrativa, no alarde o afán de originalidad, y no plantean ningún problema al espectador ni rompen la sobria emoción de la historia. Añádanle los hoy raros valores del pudor -precisamente por ser tan humana y respetar tanto a sus protagonistas- y del mantenimiento de la dignidad personal (sin énfasis: hay que insistir en el carácter anti retórico de la película, tanto en su tratamiento formal como en la construcción de sus personajes) incluso en las más duras circunstancias y el resultado será el de una de las más creativas y dolorosamente hermosas películas de 2016.

Extraordinarias todas las interpretaciones, aunque sobresalen las de los tres actores que interpretan las tres edades del protagonista -Alex R. Hibbert, Ashton Sanders y Trevanta Rhodes-, la de Mahershala Ali como el amigo/traficante de su infancia, con justicia candidato al Oscar, y la de Naomie Harris como la madre (desbordante en la entrevista con su hijo en el último episodio, tal vez la mejor escena de la película). Realmente prodigiosa la dirección fotográfica de James Laxton, de una nítida transparencia, como construida con colores puros. Hacia el final el protagonista le dice a alguien de su pasado con quien se reencuentra, al oír la historia de su vida: "Eso es triste". "¿Triste? -le responde-. No, es la vida". Un buen resumen de esta gran película.

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