Crítica 'Tokio Blues'

Aquellos dolorosos años

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Tokio Blues. Drama romántico, Japón-Francia, 2010, 133 min. Dirección y guión: Tran Anh Hung. Fotografía: Ping Bin Lee. Música: Jonny Greenwood. Intérpretes: Ken'ichi Matsuyama, Rinko Kikuchi, Tetsuji Tamayama, Kiko Mizuhara, Kengo Kora, Reika Kirishima.

Era inevitable que más tarde o más temprano se llevara al cine alguna de las prestigiosas novelas del japonés Haruki Murakami, fenómeno de culto y superventas internacional de una década a esta parte. Lo curioso es que no lo haya hecho un cineasta japonés sino el vietnamita Tran Anh Hung, cineasta de vocación internacional no menos inclinado hacia la sensibilidad lírica, reposada y contemplativa que gozó de bastante reconocimiento autorial en la década de los 90 gracias a El olor de la papaya verde y a la más interesante Cyclo.

Tokio blues, Norwegian wood en el original, en homenaje explícito a la canción de los Beatles y a la cultura pop de aquellos días, nos traslada al Japón de finales de los años 60 en plenas revueltas estudiantiles para adentrarse en la espiral de dependencia, pasión y desengaños de un triángulo sentimental en cuyos vértices encontramos a tres amigos de la infancia marcados por el suicidio de uno de ellos.

Hung intenta conjugar el liviano peaje narrativo de la novela original con las tonalidades poéticas de un tratamiento que se mueve en la cuerda floja de la cursilería sobre el amor romántico-trágico, el tratamiento publicitario y una mal digerida influencia de cierto cine asiático con pedigrí vía Wong Kar Wai y Hou Hsiao Hsien.

Así, Tokio blues apenas consigue articular la pretendida intensidad de su mirada cuando se libera de la necesidad de contar algo para recrearse en el dibujo de paisajes emocionales que se acercan a una cierta abstracción y a los que la turbadora y contaminante música de Jonny Greenwood (Radiohead) insufla una poderosa cualidad doliente que acaba por despertar del letargo y el ensimismamiento a una película cuyo preciosismo de escaparate de lujo parece estar diciéndonos continuamente lo sensibles (y cultos) que somos por poder disfrutarlo.

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