...Y que no decaiga

  • Miles de personas abarrotan noche tras noche el ferial de Almanjáyar para seguir un ritual que se repite anualmente

El divagar por un recinto como el de Almanjáyar es como el devenir de Ulises por los mares camino de Ítaca. En este caso, no hay Penélope que espere tejiendo y descosiendo porque tampoco se tarda diez años en bajar de la feria -depende, claro está, del nivel de animación con el que uno ascienda al recinto-. Y, en el caso de que la haya, lo mejor es invitarla y, de paso, tomarse un vaso de algo, presumiblemente con alcohol en diversas graduaciones. Porque se han dado muy pocos casos -se están estudiando en las más prestigiosas universidades- de gente que con costumbre de beber -los abstemios no entran en esta clasificación- salga en un estado ni siquiera leve de sobriedad de la feria.

Esa odisea comienza al poco de entrar en el recinto, ese que tantos quebraderos da a los políticos de esta ciudad y del que justo durante esta semana no habla nadie. Las luces, las voces, la música que procede del interior de las casetas, los aromas -albero, de nuevo alcohol en sus distintas formas de presentación, humanidad- y sobre todo, y dependiendo de la hora, gente, mucha gente, hacen que el visitante pierda un poco el sentido de la orientación. Todo ello, unido a que seguramente se ha accedido al recinto en un autobús atestado de personas deseosas de fiesta, lo que hace que, en ocasiones, cueste trabajo incluso mantenerse en pie. Ese cúmulo de situaciones vuelven la carne débil, capaz de encarrilarla directamente al soponcio. Pero, una vez hechos al ambiente, es difícil escapar. De hecho, ya que se ha llegado hasta allí y que el camino de vuelta se antoja lejano tanto en el espacio como el tiempo, lo mejor es empezar las cosas como se debe: por el principio.

Con el gaznate seco, lo mejor es refrescarlo. El albero deja un regusto terroso en el cielo de la boca que puede hacerse desaparecer a base de cerveza fría, porque los calores humanos y climatológicos también juegan en campo propio. Y lo mejor es que sea en compañía de Penélope o, en su defecto, de un grupo de personas a las que se conozca de antes, porque los amigos que se hacen en las barras -sea de un bar, sea de una caseta- tienden a ser bastante efímeros. Porque llegar hasta la feria sin amigos o sin que a uno le estén esperando, si la intención es divertirse, es un poco triste.

El periplo será errático. De una caseta a otra. Apetece flamenco, pues flamenco. Si las orejas prefieren algo de rock, también se puede. El silencio es algo que no se encuentra fácilmente en la feria. Y, así, hasta que el cuerpo -o mejor, la cartera- aguante. Y que no decaiga la fiesta.

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