Divagaciones sobre bosques y música

Las ninfas, hijas de Zeus, son casi infinitas, pero no eternas. Se manifiestan como divinidades menores en todos los fenómenos de la naturaleza y, aunque tratan de eludir las miradas indiscretas, están en realidad por doquier: allí donde hay un bosque, una fuente, un arroyo, una gruta, un sendero, las ninfas se reúnen para cantar y danzar. Algunas, a veces, son alcanzadas por una flecha del niño dios alado, y cuando eso ocurre es normal que acaben lamentando su suerte.

Así imaginó a una de ellas Ottavio Rinuccini en una de sus Rimas publicadas póstumamente en Florencia en 1622, perdida en un claro del bosque, abstraída, confusa en busca del amante que creyó tener, compadecida por quienes la contemplan sin atreverse a intervenir. Sobre ese poema Claudio Monteverdi compuso años después uno de los madrigales más intensos y hermosos que se hayan escrito nunca (más célebres también, a veces coinciden juicio crítico y popular), una especie de escena dramática en miniatura, un haikus operístico, apenas seis minutos de una belleza intemporal que el compositor diseñó con una flexibilidad en el pulso que ponía a prueba las nuevas formas de la monodia alumbradas con el cambio de paradigma musical que se estaba produciendo en Italia desde finales del siglo XVI.

Con su estilo inconfundible, en el que la erudición se pone al servicio de cada pequeño detalle, Ramón Andrés divaga en círculos con este breve y hermoso libro en torno al universo mitológico y etéreo de las ninfas y su representación pictórica y literaria, alrededor del mundo de las ideas estéticas y de las transformaciones musicales de las que Monteverdi fue no sólo testigo privilegiado sino factor decisivo. En el 450 aniversario del nacimiento del gran compositor cremonés, esta pequeña joya bibliográfica se alza como uno de los homenajes más bellos y emotivos que se le ofrecen desde España.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios