Freud visto por Freud

  • Michel Onfray narra con humor el accidentado origen de la terapia psicoanalítica y desnuda a su creador

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Freud, el crepúsculo de un ídolo. Michel Onfray. Editorial Taurus. Madrid, 2011. 497 páginas. 22 euros

La intención de Michel Onfray, al escribir este volumen, no era otra que la de desacreditar a Freud, y con ello a toda la práctica psicoanalítica que, desde primeros del XX, viene abultando nuestras biografías con innúmeros traumas, complejos y pulsiones latentes. De hecho, el influjo de las hipótesis de Freud fue de tal magnitud, que sin esta rama de la clínica no podría entenderse una parte considerable del arte moderno, desde el surrealismo de Dalí al cine de Alfred Hitchcok, sin olvidarnos de la publicidad subliminal, que asocia señoritas arrebatadoras y deportivos con nervio. El psicoanálisis parece penetrarlo todo, explicarlo todo, colonizar cada una de las facetas del comportamiento humano; y sin embargo, Onfray afirma que estamos ante una colosal y dilatada estafa.

Esta afirmación viene sustentada en cinco tesis, que a su vez articulan la totalidad del libro: la primera y la segunda nos informan de que el psicoanálisis no es una ciencia, sino una filosofía. En la tercera, Onfray sostiene que el psicoanálisis, lejos de ser un continuo científico, es un "revoltijo existencial". La cuarta tesis postula que la técnica freudiana participa del pensamiento mágico. Y en la quinta se nos desvela que el psicoanálisis no es liberal, sino conservador. Es decir, que en Freud, el crepúsculo de un ídolo, lo que se aduce es la falta de rigor científico de dicha técnica, y el componente especulativo, muy vinculado a la biografía del médico vienés, que subyace a todo el psicoanálisis. Según Michel Onfray, el psicoanálisis es una ciencia azarosa y subjetiva (o sea que no es una ciencia) que sólo tuvo validez para el análisis de un sujeto, el propio Sigmund Freud, y que resulta inválida y perniciosa para el resto de la especie humana. Lo llamativo, sin embargo, es que Onfray acude a la implacable artillería psicoanalítica para desenmascarar al supuesto inventor del psicoanálisis. Hay una gran cantidad de afirmaciones arbitrarias y juicios interpretativos para señalar, precisamente, la arbitrariedad del médico vienés en cuanto a sus interpretaciones y diagnósticos. Igualmente, hay una clara antipatía por el personaje retratado, que aquí se revela ambicioso, cruel, neurótico y mezquino, cosa que ya sabíamos, por ejemplo, gracias a las memorias de Jung, antes o después de que Jung se dedicara a adoctrinar espectros, desde su torre de Bollingen, en sus Siete sermones a los muertos. De hecho, el voluminoso alegato de Onfray se podría considerar un vasto psicoanálisis de Sigmund Freud, pero sin la fértil y ominosa creatividad de quien lo popularizó hace más de un siglo.

Buena parte de las carencias al método freudiano ya las había enunciado Fromm en diversos puntos de su obra. De igual modo, quedan sin explicar en este volumen las razones del éxito del psicoanálisis y la difusión de su hipnótica terminología. Lo que resulta obvio es que la singularidad de Freud fue, no tanto la dudosa paternidad de una terapia, como la de traer a la actualidad asuntos cruciales cuyo mero enunciado produjo una enorme inquietud a la sociedad de entonces. El hecho de vincular los rasgos de la personalidad al sexo, a la muerte, a las violentas fuerzas que se agitan en el corazón humano, apuntaba a un remoto istmo, el istmo de lo inconsciente, que nadie quiso reconocer como propio. Ése parece el principal logro de Freud y otros precursores del psicoanális, como Charcot y Breuer, al margen de la valía de sus hipótesis. A lo cual hay que añadir una dificultad propia del campo estudiado. El psicoanalista depende, en gran parte, de las palabras, de los síntomas, de los sueños y declaraciones del propio paciente. Es decir, que el psicoanálisis es, en puridad, una "ciencia" indiciaria. En este sentido resulta llamativa la ausencia de uno de los nombres de mayor influjo en la famosa técnica de Freud. Si el libro de Onfray señala repetidamente a los autores de los que Freud se sirvió, desde Schopenhauer y Nietzsche al Charcot de La Salpêtrière, que experimentaba con la hipnosis, sorprende el silencio sobre Giovanni Morelli y su método de autentificación de cuadros, cuyo análisis de indicios, parejo al de Sherlock Holmes y la moderna criminalística, conforma el proceso inductivo del psicoanálisis.

¿Por qué ocurre esto? Quizá para negarle cualquier pericia técnica al personaje retratado. En cualquier caso, el argumentario de Onfray no resulta a la altura de sus denuncias. Freud, el crepúsculo de un ídolo es un libro interesante y divertido para conocer los aspectos menos honrosos de Freud y el accidentado origen de la terapia freudiana. Si era una farsa o no es algo que, obviamente, no compete a estas páginas. Aun así, no parece muy oportuno acudir al psicoanálisis, a su laberíntica prédica, para demostrar que dicha terapia no fue más que una ocurrencia de Freud para educar y sofocar sus propias y vertiginosas dolencias.

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