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Fútbol, periodismo, narcotráfico y crimen

  • La Navaja Suiza trae a España la novela de Ricardo Silva Romero sobre el asesinato de Andrés Escobar

Andrés Escobar, defensa de la selección colombiana, tumbado en el suelo tras marcarse el gol que le costó la vida. Andrés Escobar, defensa de la selección colombiana, tumbado en el suelo tras marcarse el gol que le costó la vida.

Andrés Escobar, defensa de la selección colombiana, tumbado en el suelo tras marcarse el gol que le costó la vida. / d. s.

Hay quien cuenta el tiempo en competiciones de fútbol, quien más que años cumple mundiales y eurocopas y asocia indefectiblemente los recuerdos de su vida a los momentos inolvidables de aquellos campeonatos. Para quien esto escribe, el Mundial de Estados Unidos fue el primero que disfrutó de verdad. Nacido en octubre de 1980, del de España sólo conserva una colección de monedas de 25 pesetas y una maltrecha figurita de Naranjito, hecha en barro cocido, que le cedió su cuñado un tiempo después. De tanto caerse, la mascota ha perdido medio pie y tiene una parte de la cabeza pegada con Loctite.

De México 86 los recuerdos son escasos. Se acuerda de un día que sus padres le permitieron acostarse dos horas más tarde para que pudiera ver el 5-1 de España a Dinamarca y de una apuesta que hizo con su progenitor para la final del torneo. Iba con Argentina. Aquella fue la única apuesta que, de momento, ha ganado en su vida. De Italia 90 se acuerda más bien de poco porque, aunque ya tenía más capacidad de memoria, su madre lo envió a un campamento de verano que le hizo perderse casi todo el torneo, aunque aprendió a hacer camas. Los monitores del campamento le permitieron, eso sí, ver aquel partido en el que Míchel se apartaba para que el balón lanzado por Stojkovic pasara justo por el lugar en el que un instante antes había estado su cabeza y perforara la meta defendida por Zubizarreta en los octavos de final.

Y llegó Estados Unidos 94. Aquel niño de todavía 13 años acababa de terminar con buena nota la EGB y se iba a zampar entero el Mundial. De pé a pá, incluidos aquellos partidos nocturnos como el que Salenko le marcó cinco goles a Camerún o aquel en el que Owairan, un jugador de Arabia Saudí al que desde entonces se le conoció como el Maradona árabe, se cruzaba medio campo para marcarle un gol antológico al buen portero belga Michel Preud'Homme.

A aquel niño le marcarían tres sucesos ocurridos en ese Mundial: el codazo de Tassotti a Luis Enrique, el positivo de Diego Armando Maradona y el asesinato de Andrés Escobar. ¿Cómo podía asimilar un niño de 13 años que un gol en propia meta le había costado la vida a un defensa? Un niño que además jugaba de defensa central en su equipo del colegio, que era tan malo que cuando le llegaba el balón sólo sabía dar un patadón hacia adelante con todas sus fuerzas y que en un partido oficial, celebrado poco antes de aquel Mundial, había sacado una mano dentro del área que le había costado a su equipo un penalti y un vergonzoso empate. Y nadie había querido matarlo. O al menos nadie lo había intentado.

¿Cómo explicar, por tanto, que un defensa había sido asesinado en su país por marcarse un autogol? Esa pregunta que se hacía aquel niño se la debió de efectuar también Ricardo Silva Romero, que nació en agosto de 1975 y no tenía ni 19 años cuando se produjo el crimen. Silva Romero es el autor de un libro que lleva por título precisamente Autogol y novela lo ocurrido con el protagonista de aquella triste historia. En realidad, la pregunta se la haría media Colombia, un país que había asistido medio año antes a la muerte de otro Escobar, Pablo.

El escritor da respuestas a través de un entrañable personaje que ejerce de narrador, un periodista fanático que pierde la voz cuando el defensa desvía la trayectoria del balón y lo introduce en su portería. La novela brilla especialmente en las partes en las que hay más no ficción que ficción. Es decir, en las páginas en las que cuenta con detalle cómo era la concentración de la selección colombiana en Estados Unidos, lo crecidos que iban unos jugadores que pensaban que ganarían el torneo sin saltar al campo, los vínculos de algunos con las casas de apuestas, las amenazas recibidas por el cuerpo técnico para que modificaran las alineaciones o los líos de faldas del delantero centro. El autor traza también un retrato interesantísimo de la relación entre fútbol y narcotráfico que daría incluso para otro libro que traspasara las fronteras de Colombia.

Autogol no es una novela nueva. Se publicó en el año 2009. Ahora lo ha editado en España La Navaja Suiza, una pequeña editorial independiente que comenzó su andadura publicando en español la obra de William H. Gass y que ha emprendido una decidida apuesta por la calidad. En Silva Romero la hay de sobra.

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