Investigando a Sherlock Holmes

  • Anagrama publica un ensayo de Pierre Bayard que cuestiona al detective en 'El perro de los Baskerville'

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No es raro oírle a escritores grandes y chicos un comentario por lo demás sensato: cuando el libro sale de sus manos, dicen, no les pertenece a ellos, sino a quien tenga a bien apropiárselo. Ninguna objeción. La escritura es un ejercicio inconcluso que sólo se completa con la lectura; el escritor empuja un puñado de piedras montaña abajo, pero es el lector quien las convierte, o no, en alud (Estas líneas mías de nada servirían si usted no se hubiera detenido en ellas). Lo que escritores grandes y chicos no reconocen con tanta facilidad es que el libro se echa a la calle, cual perro de presa, en busca de lectores. De no hallarlos, el esfuerzo habrá sido en vano. Si los halla, el texto tendrá tantas lecturas posibles como gentes le hayan clavado el estoque de la mirada. ¿No han tenido la impresión a veces, hablando de un mismo libro con otros, de estar haciéndolo de obras diferentes? Además de lecturas distintas, incluso contrarias, la literatura estimula otras escrituras, como bien sabemos los críticos.

A Pierre Bayard, su pasión por la literatura lo ha llevado a desarrollar un nuevo método crítico que, circunscrito al ámbito de la ficción, requiere no poca fantasía para ponerlo en práctica: "crítica policial" lo ha llamado; una labor de indagación cuyo objetivo es desmontar ideas fosilizadas a lo largo de los años. No se trata de leer, sino de intervenir en el texto y desvelar posibles mentiras. Se trata de hacer justicia. Justicia poética, por supuesto. "Ése es el postulado básico de la crítica policial: numerosos asesinatos narrados por la literatura no fueron cometidos por aquellos a quienes se acusó -escribe Bayard-. En la literatura, como en la vida, los auténticos criminales escapan con frecuencia a los investigadores y permiten que se acuse y se condene a personajes de segundo orden. Ávida de justicia, la crítica policial se erige pues como proyecto de restablecer la verdad y, ante la imposibilidad de detener a los culpables, de lavar la memoria de los inocentes". Tras desbaratar intrigas parecidas en Agatha Christie e incluso William Shakespeare, Bayard se atreve ahora a medirse con el mismísimo Sherlock Holmes y demostrar que, en El perro de los Baskerville, llevado por la ofuscación, habría dejado escapar al "auténtico" malhechor.

Pierre Bayard empieza cuestionando (mejor aún, dinamitando) la metodología del archifamoso detective basada en la observación y la deducción. En primer lugar, la observación se sostiene en buena medida en algo tan poco fiable como la intuición; Bayard recuerda que al escoger un indicio en el lugar del crimen como probable pista para la resolución del caso, Holmes excluye muchísimos otros. ¿Cómo saber que hemos elegido una prueba fundamental y no una circunstancial? ¿Cómo saber, entre el sinnúmero de alarmas que se disparan al paso de la gente, que ésta y no otra apunta indefectiblemente al culpable? En cuanto al segundo punto, la deducción, el detective suele comparar lo que descubre con sus saberes acumulados y formular hipótesis con una apariencia lógica que son, en última instancia, interpretaciones personales de los hechos. La pregunta aquí es: ¿cómo afirmar de manera tajante que nuestra lectura del libro del mundo, y no otra, es la correcta?

El perro de los Baskerville arranca con la visita del doctor Mortimer al número 23 de Baker Street, domicilio fijo de Sherlock Holmes en Londres. Mortimer lleva consigo un documento del siglo XVIII sobre la muerte de Hugo Baskerville entre las garras de un perro monstruoso, se diría que escapado del infierno, en el páramo de Dartmoor. Después de aquello, no tardó en hablarse de una maldición, que no habría merecido mayor crédito de no haber sido hallado recientemente el cuerpo de Charles Baskerville, en el páramo, parece que muerto de un ataque al corazón. El doctor Mortimer ha descubierto huellas de un perro, como poco gigantesco, en el lugar. Quien conozca la leyenda, como él la conoce, no puede pasar por alto este rastro. Lo curioso es que el propio Holmes decide seguir esta pista, la que le señala Mortimer, un testigo parcial de los hechos. Él y Watson viajan hasta Dartmoor en compañía de Henry Baskerville, el último de su estirpe, para averiguar si existe o no el perro infernal, desestimando otras líneas de investigación.

No hace falta estar de acuerdo con las exégesis alternativas de Pierre Bayard para coincidir en las premisas de esta estimulante contribución a la teoría de la literatura. El caso del perro de Baskerville (Anagrama) mantiene, y nosotros lo subrayamos, que la realidad y la ficción no son compartimentos estancos: "existe una gran permeabilidad entre la ficción y la realidad -escribe Bayard-. De nada sirve por tanto intentar controlar las fronteras entre esos mundos, pues se efectúan numerosos tránsitos en los dos sentidos". El final de cualquier novela no presupone el final del mundo que habitamos durante el tiempo de la lectura; sigue bullendo en la cabecita del lector, a más o menos temperatura, así pues, ¿por qué no actuar en consecuencia? Si la ficción necesita de la realidad para ser, y la realidad de la ficción para resistir, ¿por qué no pronunciarnos a propósito? Cuanto mejor conozcamos los resortes de la ficción, mejor nos conoceremos a nosotros mismos; en nuestro día a día, recurrimos a ella más de cuanto estamos dispuestos a reconocer.

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