Recuento de senectud

  • 'Un americano'. Henry Roth. Trad. Mariano Antolín Rato. Alfaguara. Madrid, 2011. 322 páginas. 21 euros

El caso de Henry Roth (1906-1995) es uno de los más singulares de la narrativa norteamericana contemporánea. Su primera novela, Llámalo sueño (1934), pasó desapercibida hasta que fue reeditada 30 años después, cuando el autor -un hijo de la emigración judía centroeuropea, originario (como Joseph Roth o Soma Morgenstern) de la provincia austrohúngara de Galitzia- hacía mucho tiempo que había abandonado la literatura para dedicarse a los oficios más variados. Esa única novela (Alfaguara, 1990) lo convirtió en un clásico, pero a pesar de su éxito tardío Roth dejó pasar los años y no volvió a publicar. Ya octogenario, resucitó de modo espectacular con la formidable tetralogía A merced de una corriente salvaje, publicada en España entre 1999 y 2002.

Roth murió poco después de la publicación de la segunda entrega, pero entre sus papeles póstumos había un voluminoso manuscrito que ha servido de base para la reconstrucción de esta novela. Como señala su editor Willing Davidson, Un americano participa de la misma sustancia autobiográfica que el resto de las obras de Roth, que recrean la trayectoria de un muchacho judío desde la llegada a Nueva York en la primera década del siglo hasta finales de los años treinta, la época de la Gran Depresión en la que transcurre la novela restituida. En ella se nos cuenta la relación de Ira Stigman, el alter ego del novelista, con su mujer la pianista y compositora Muriel Parker, llamada M., desde que la conoce en una colonia de artistas hasta que ambos contraen matrimonio. En un estilo rebosante de vitalidad y de fuerza, pero también de humor y ternura, Roth narra la separación de Ira de la mujer que fue su mentora, su búsqueda de la independencia, el viaje al Oeste para probar fortuna o los apuros de un autor bloqueado. Al final, en un conmovedor epílogo, el anciano recuerda la muerte de M., a la que hemos dejado en la noche de bodas. Entre ambos episodios transcurrieron las décadas no contadas que Roth necesitó para animarse a dejar constancia de su juventud americana.

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