La agonía del superhombre

  • 'El inmoralista' y 'Los falsificadores de moneda' de Gide se recogen en un solo volumen

Dos obras morales. André Gide. RBA ediciones. Barcelona, 2011. 542 páginas. 28 euros

Probablemente, la frase más célebre de Gide, recogida en su Diario, es aquella que afirma que "con buenos sentimientos se hace mala literatura". En efecto, en el siglo XX, son pocos los autores que hicieron de la epifanía, del optimismo, de cierta electricidad benéfica del cosmos, el pilar fundamental de su obra. Acaso Gómez de la Serna, Guillén, el Neruda del Canto General y William Saroyan; acaso en la pintura nocturna, imaginista, volandera de Marc Chagall. El resto es un extenso y minucioso memorial de agravios. Sin embargo, Gide no es sólo el feliz autor de este aforismo, que revela su inusual perspicacia lectora; Gide es también quien desaconsejó a la Nouvelle Revue de France la publicación de En busca del tiempo perdido de Proust (error del que se dolería largamente), y quien acierta a ponderar los hallazgos de la novela negra, del hard boiled americano, como atestigua el entusiasmo transmitido a Malraux y Cernuda, quien en su prólogo a la Cosecha roja de Hammett pondera su talento muy por encima de Faulkner y de Hemingway. En fin, se recogen en este volumen dos novelas de Gide (El inmoralista y Los falsificadores de moneda) que hacen honor al adagio antes citado y que heredan, en cierto modo, la fascinación y el drama del superhombre postulado en Nietzsche.

Si en El inmoralista se trata de un enfermo de tuberculosis que recupera trabajosamente la salud, y con ella un ideal de vida dominador, cruento, vertiginoso; en Los falsificadores de moneda es la naturaleza misma de la novela, de la narración, lo que el escritor y sus protagonistas se cuestionan. De fondo, como el lector quizá no ignore, se halla la cuestión de la homosexualidad, que tan acerbas críticas le reportó a Gide. Sin embargo, no es la revelación de dicha inclinación, entonces vergonzosa, lo que une ambas obras; en última instancia, lo que se elucida en estas obras, a la manera de Nietzsche, y antes de Baudelaire, es la radical oposición entre cultura y vida, que fue lugar común en la literatura de entresiglos. En Baudelaire, era el bruto quien disfrutaba la vida en su totalidad, como hecho biológico, mientras el poeta buscaba fijarla inútilmente en sus poemas. De igual modo, Nietzsche recomendará deshacernos de toda la impedimenta cultural, de la rémora burguesa y la herencia judeocristiana, para que la vida recobre sus dominios. Éste es, en definitiva, el proyecto que mueve a los personajes de Gide. Un proyecto que incluye, obviamente, la liberación sexual, como en el atormentado Michel de El inmoralista, pero que también postula una nueva forma de hacer novela (Los falsificadores de moneda), en la que se incluya la ondulación anímica del hombre y su enigmático, su inaprehensible, carácter oscilatorio.

Se trata, pues, del advenimiento de cierto superhombre, despojado ya de la costumbre y el confort burgueses. Pero se trata, principalmente, de una revelación hoy en desuso: la revelación del verdadero ser, oculto bajo innúmeras capas de afeites y convenciones sociales. Es lógico, por tanto, que se adivine la huella de Freud en esta obra. Como también lo es el recurso al exotismo, al viaje, a la catarsis, que precipita ese último despojamiento de los protagonistas. Fueron muchos los que soñaron con la existencia de un verdadero ser, intocado y puro, bajo la faldumenta de lo cotidiano. De Nietzsche a T. H. Lawrence, todos pretendieron definirse, concretarse, encontrarse tal vez, al amparo de esta fantasmagoría. Desde Ortega, sin embargo, sabemos que "la naturaleza del hombre consiste en no tener naturaleza"; con lo cual, la búsqueda suscitada en estas novelas no deja de ser un vano requerimiento, del que los propios personajes son conscientes.

Ese es, quizá, el mayor logro de Gide, y la prueba de su excepcional inteligencia. Tanto en El inmoralista como en Los falsificadores de moneda, obras de muy diversa ejecución y envergadura, lo que se revela es un exacto conocimiento del carácter humano. Conocimiento de sus deseos, de sus temores, de sus impulsos y sus vilezas. Y es en esa búsqueda de perfección, del imposible ser soñado, donde lo humano y su latido se despliegan.

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