El autor cuenta sueños

  • Impedimenta rescata otro de los títulos inéditos de Georges Perec, un escritor imprescindible que encarna el rostro más amable del experimentalismo vanguardista

El recuento de los sueños es una de esas descortesías que sólo permitimos a las personas muy queridas, sea en la vida real o en el verdadero pero fantasmático ámbito de la literatura. Pocos ejercicios hay que puedan ser más exasperantes para el que escucha -e infecundos para el relator, dado que la mayoría de ellos son más bien inexplicables fuera de un contexto personal- que la narración de los sueños, por lo común resuelta en una enumeración de visiones sólo parcialmente recordadas y más o menos oscuras, abstrusas e ininteligibles. Difícilmente, a no ser que medie una sincera relación de afecto o se dedique uno profesionalmente a la desprestigiada disciplina del psicoanálisis, puede salir nada estimulante de ese hábito más bien enojoso y prescindible, como el discurso de los buenos deseos, el rosario de las quejas reiteradas o el despliegue de las obsesiones de cualquier especie.

Sin embargo, La cámara oscura de Georges Perec, que se dedica justamente a eso, a contar los sueños del autor en un periodo de tiempo dado, es un libro hermoso y fascinante que hasta cierto punto complementa su justamente célebre Je me souviens (Me acuerdo, Berenice, 2006). No es una novela ni nada que se le parezca. Tampoco puede entenderse como una rara extravagancia en la trayectoria de Perec, puesto que todos los libros del francés -desde el inaugural Las cosas- fueron raros y extravagantes. Ya hemos hablado aquí de la singularidad de Perec y de la vigencia -insospechada, porque muy pocos de los experimentalistas contemporáneos han envejecido dignamente- de su apuesta literaria, a propósito de otros de los títulos del autor recuperados por Impedimenta. Ahora, como ya hizo con la jubilosa miscelánea reunida en Lo infraordianario (2008) o con la más triste y desesperada Un hombre que duerme (2009), la poeta madrileña Mercedes Cebrián nos acerca otro de los colosales divertimentos de Perec, que tampoco había sido hasta la fecha traducido en España.

No existe el peligro mencionado por dos razones. La primera, que Perec es un autor muy querido, como las personas a las que toleramos largas confidencias. La segunda, que los sueños de Perec son menos aparatosas transcripciones del trasmundo, que pura y simple literatura. Escribe el autor: "Un tropel de polis en peregrinación se junta en una gran explanada; no son antidisturbios sino más bien guardias acordonando el itinerario de una personalidad". O bien: "Aunque poseas la certeza de ser joven todavía, no debes de serlo tanto, pues ya dos de tus más queridos amigos han muerto y un tercero está muriendo…" O bien: "Después de no sé qué peripecias, me encuentro compartiendo piso con un desconocido. Una de las particularidades de este apartamento es que posee una entrada muy amplia, en realidad mucho más amplia que las demás dependencias y cuartos. Quizá el reparto de esta entrada plantee un primer problema". Y rápidamente percibimos que no nos las estamos viendo con un epatador profesional, con un esforzado autoanalista o con un bobo solemne -categorías no incompatibles, como es sabido-. Esbozos de situaciones, fragmentos que aportan apenas una atmósfera, casi poemas o verdaderos microrrelatos, todo cabe en esta sugerente compilación de factura inequívocamente perequiana.

"Creí que anotaba los sueños que tenía: me di cuenta de que, muy pronto, solamente soñaba para escribir mis sueños", afirma Perec al frente de La cámara oscura, cuyo título original, por cierto, permitiría establecer un interesante paralelismo con la narrativa de Modiano. Sería fácil conectar su poética con el programa freudiano o la tradición surrealista, pero los sueños de Perec tienen una encarnadura bastante más asentada en la realidad -piénsese en la pesadilla recurrente de los campos de concentración, presente desde la primera entrada- que remite a episodios, personas y escenarios de su pasado, de su trabajo como escritor o de su vida cotidiana. No se trata, así pues, o no apenas, de fantasías oníricas desaforadas, sino de una forma -elegante, alusiva- de autobiografía indirecta. Por eso, lejos del solipsismo intransitivo, su reconstrucción acaba por ofrecer el encefalograma de toda una época, que empieza en mayo del 68 -fecha del primer sueño, el último está datado en agosto del 72- pero no condesciende a las consignas de baratija, que busca sorprender pero no autoexhibirse, que maneja un sinfín de referencias culturales pero no se muestra pedante, que parte del orden intelectual pero suena cálida y acogedora.

Últimamente hay muchos buenos libros de Perec disponibles en castellano, lo que no deja de ser una alegría en esta época timorata y asustadiza, dominada por los obtusos departamentos de mercadotecnia que defienden -equivocadamente- la apuesta por la nadería como un requisito de supervivencia. A este respecto, como afirma el propio Perec en El medidor de altura, habría que recordar que "uno se salva (a veces) jugando…" De eso, de la salvación por el juego, trata no sólo este libro, sino toda su regocijante literatura.

Georges Perec. Traducción Mercedes Cebrián. Impedimenta. Madrid, 2010. 288 páginas. 21,50 euros.

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