El exceso y la ruina

  • 'Los obscuros leopardos de la luna'. José María Álvarez. Renacimiento. Sevilla, 2010. 88 páginas. 12 euros.

Si el Romanticismo quiso ver en el esplendor ajado de las ruinas, en la palpitación de los cuerpos, un nebuloso atisbo de la Verdad, en la poesía de José María Álvarez aquella verdad penúltima viene ya matizada, degradada, desvirtuada acaso, por la ironía y el escepticismo. No en vano, Álvarez fue el promotor del homenaje a Pound en noviembre del 85. Pues en Pound, al igual que en Elliot y Cavafis, lo que se resume es una idea de Civilización, de su irreversible declive, de su condición ruinosa, como antes había ocurrido en Monmouth y Sturluson, oscuros legatarios de un mundo muerto.

Álvarez, por otra parte, pertenece a la sucinta gavilla de poetas que dieron en llamarse los novísimos, bajo el auspicio y el criterio de José María Castellet. Y dentro de aquellos novísimos, Gimpferrer, Vázquez Montalbán, Azúa, Sarrión, Carnero..., a aquellos que se acogieron bajo el rubro de culturalistas. Quiere decirse, pues, que la poesía de José María Álvarez es una requisitoria, suntuosa y altiva, de la grandeza humana y de su huella. Huella de que las ruinas son indicio espectral; como también lo son, en cierto modo, los versos de Homero, las elegías de Rilke o los Tintoretto que duermen en la tiniebla de San Giorgio Maggiore. De ahí el diálogo con Rimbaud y Maiakosvki, con Kavafis y Shakesperare, con Stendhal y Malaparte, que establece el poeta. De ahí el culto a la libertad, al señero discurrir del hombre, en estas páginas.

La presencia de lo sexual en Los oscuros leopardos de la Luna responde a esa misma idea. En sentido estricto, la poesía de Álvarez es la poesía de un superviviente: de aquél que ha escogido vivir, como en última instancia, entre el glorioso despojo de la Civilización, junto a la luz equívoca, fugaz, irrepetible, de los cuerpos.

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