Cuando no pasa (casi) nada

  • Gustavo Gili publica en España uno de los textos fundacionales de Georges Perec.

Tentativa de agotamiento de un lugar parisino. Georges Perec. Ed. Gustavo Gili. Barcelona, 2012. Trad. Maurici Pla. 60 páginas. 9 euros.

Continúa, para alegría de muchos, el goteo de publicaciones de Georges Perec (París, 1936 – Ivry-sur-Seine, 1982), empresa harto difícil dada la enorme cantidad de títulos y la escasa difusión que el mismo autor disfrutó de los mismos hasta La vida instrucciones de uso. A la estela primigenia de Anagrama se sumaron después otras editoriales pequeñas como Impedimenta, Berenice, Montesinos y La Uña Rota, beneficiadas, ahora sí, por la prodigalidad de entregas y por lo generalmente breve de las mismas, pero sobre todo por el interés que el autor de Un hombre que duerme ha ido despertando en los lectores españoles. Tentativa de agotamiento de un lugar parisino, aparecida originalmente en 1974, fue publicada el año pasado en castellano por la editorial argentina Beatriz Viterbo; ahora llega a España de la mano del sello Gustavo Gili, especializado en arquitectura y urbanismo, lo que no deja de resultar significativo. Por muchos motivos, esta Tentativa puede considerarse fundacional dentro de la producción de Perec: en su absoluta desposesión de arrogancia, el librito contiene, posiblemente de manera más ilustrativa respecto a cualquier otra de sus obras, todas las claves maestras del escritor, su identidad, su impresión, su genética, su legado y su testimonio. Y, por lo mismo, se trata de un texto radical, libérrimo, tocado por una exaltación del yo que lo hace único. Dicho de otro modo, se trata, tal vez, del mejor modo posible de acercarse a la literatura de Perec, porque aquí está, condensado, exento de toda pretensión y pose, todo lo que él pretendía.

La Tentativa comparte así la prerrogativa que presentaban los relatos incluidos en Lo infraordinario: Perec se dispone a ejercer de observador externo, de testigo impertinente, de taquígrafo impasible, de notario impopular, de archivero pulcro y preciso (su verdadera profesión hasta que La vida instrucciones de uso le permitió comer de la literatura: sólo pudo disfrutarlo durante cuatro años), instalándose en una atalaya urbana y tomando nota por escrito de lo que ve. Ni más, ni menos. En esta ocasión, la atalaya la conforman diferentes puntos de la plaza Saint-Sulpice de París: una cafetería desde la que observa la calle a través de las vidrieras, un banco, un estanco.

Durante tres días de octubre de 1974, Perec se entregó a esta tarea, la de dar fe por escrito de todo lo que ocurría a su alrededor (mejor, de todo lo que sus sentidos registraban): los acontecimientos cotidianos de la calle, la gente, los vehículos (con sus respectivos modelos siempre indicados), los animales, las nubes, el paso del tiempo, una inscripción en un pañuelo, un envoltorio en la acera, su propio reflejo en la ventana. El mismo Perec da cuenta del proyecto en el prólogo: “Hay muchas cosas en la place Saint-Sulpice: un ayuntamiento, una delegación de Hacienda, una comisaría de policía, una iglesia (...) Buena parte de esas cosas, si no la mayoría, ya han sido descritas, inventariadas, fotografiadas, explicadas o registradas. El propósito de las páginas que siguen consiste más bien en describir lo demás: todo aquello que por lo general no se percibe, aquello de lo que no solemos darnos cuenta, lo que carece de importancia: lo que ocurre cuando no ocurre nada, sólo el paso del tiempo, de la gente, de los coches y de las nubes”. Como consigue siempre con su hálito poético, Perec, considerado por Roberto Bolaño el mejor novelista de la segunda mitad del siglo XX, hace brotar un mundo a ojos del lector desde lo más profundo de esa nada. Y el placer que se experimenta es primigenio, infantil, ilusionante, parecido al que sube a la boca cuando un juego de construcción ha terminado de dar de sí todo lo posible.

La ciudad late así entre los autobuses (de todas las líneas da el autor puntual información a su paso por la plaza: origen, parada y procedencia), los repartidores de cerveza, los coches que buscan aparcamiento, las mujeres que entran en la iglesia, la conducta de las palomas. Pero cuando Perec escribe, su empeño notarial no colisiona con su voz poética. Todo lo contrario: continuamente repara en metáforas, símiles, reflexiones y apuntes al margen para lo que está anotando: “Junto a la cafetería, delante del escaparate y en tres posiciones distintas, un hombre más bien joven dibuja con tiza en la acera una especie de V, en cuyo interior esboza algo parecido a un signo de interrogación (¿land-art?)”. No duda en dar cuenta de su cansancio cuando lleva ya un buen número de horas anotando sin parar. También el paso del tiempo el permite incluir varias disgresiones: el último de los tres días resulta ser domingo, y el contraste respecto a las anteriores jornadas en cuanto a tráfico y trasiego es notorio. Su empleo del humor es magistral: después de dar cuenta del nivel de ocupación de los autobuses en sus respectivas líneas, escribe: “Tal vez hoy he descubierto mi verdadera vocación: controlador de las líneas de la RATP”. La Tentativa de agotamiento de un lugar parisino es, en fin, una obra maestra que prende una luz: otra literatura es posible.

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