La primera exclusión

  • Percival Everett publica una densa y divertida novela sobre la identidad, la pervivencia del racismo bajo el disfraz del paternalismo y los demonios de la creación y la familia

X. Percival Everett. Traducción de Marta Alcaraz. Editorial Blackie Books. Barcelona, 2011. 356 páginas. 21 euros.

X, que en realidad no es una letra, sino la reproducción de una tachadura hecha con pulso irritado, va de la comunidad negra, de su representación en el imaginario estadounidense, de una visión todavía contaminada de atavismos intelectuales que de no ser terribles serían ridículos. Pero la novela de Everett –por llamarla de alguna manera, porque el autor asume la voluntad posmoderna de violentar y/o negar ciertas formas, aunque tenga la inteligencia de burlarse de quienes pretenden hacer lo mismo sin memoria literaria o sin humor– podría hablar de vascos, catalanes o andaluces, pueblos campeones en nuestros chistes mentalmente rígidos y perezosos por mucha gracia que hagan a veces, o de italianos del norte y del sur, o de cualquier otro grupo más o menos reconocido como tal que habite el mundo.

Porque cualquiera, en fin, puede verse obligado a dar un salto, y caer al otro lado tratando de no hacerse mucho daño, para salvar el impreciso abismo que a veces separa lo que uno es, o lo que uno desearía ser, y lo que los demás –la familia, los amigos, la sociedad, una determinada cultura heredada– suponen o imponen que uno debería ser. Thelonious Monk Ellison, protagonista y narrador de este libro divertido, en muchos pasajes hilarante y en ocasiones denso, se enfrenta a esta delicada operación, y no puede decirse que salga demasiado bien parado.

Monk nació en una familia de médicos, vive en Los Ángeles, da clases de Literatura en la universidad, escribe novelas experimentales y ensayos sobre formalismo ruso y soporta estoicamente que sólo le recuerden y celebren Segundo fracaso, la única que tuvo cierta familiaridad con esa especie de accidente que es el éxito, y precisamente la única de la que no se siente orgulloso; un impostado relato con pretensiones realistas que le granjeó ser el blanco de las envidias, cuando no de una abierta hostilidad, de sus sectarios compañeros de la Sociedad de Estudios de Noveau Roman. La novela arranca con Monk regresando a Washington, donde viven su madre y su hermana, para asistir al mencionado foro.

Monk no tiene claro si ha ido al congreso como excusa para visitar a sus familiares, o si los visitará porque no tiene más remedio, ya que sólo le apetece anestesiarse con los debates bizantinos de sus colegas. En realidad no sabe por qué ha ido. Últimamente le flaquean la voluntad y el ánimo. Por lo demás, es negro, lo que para él no tendría significado alguno de no ser porque a su alrededor no dejan de recordárselo. Su agente le reprocha que sus novelas no son auténticas. Las librerías colocan sus libros en la sección de Narrativa Afroamericana, aunque sean crípticas relecturas de clásicos griegos; por más que lo intentan, los críticos no encuentran la relación entre Los persas y la experiencia del pueblo negro en su país. Monk es escritor y es negro, pero al parecer no es un escritor lo bastante negro.

Como diría el vate, X es una novela escrita a calzón quitado. Everett se interroga sobre el sentido mismo de la creación, sobre la buena (mala) conciencia de las editoriales, sobre la responsabilidad del público en la degradación del arte –un atrevimiento en tiempos de autoindulgente relativismo–, pero también sobre el lugar que puede aspirar a ocupar un escritor que rechaza tanto el cuasi solipsismo de los exquisitos encantados de conocerse, como la irresponsabilidad de los demagogos que responden a la vulgaridad con una vulgaridad agravada por la mentira que encierra. A Monk le enferman por igual los miembros de la Sociedad de Estudios de Noveau Roman y la famosa Juanita Mae Jenkins, millonaria gracias a Aquí los del gueto, un best-seller que escribió tras pasar dos semanas con unos parientes pobres de Harlem y que protagoniza una negra de 15 años embarazada de su tercer hijo obra de un tercer padre y que vive con su madre drogadicta y su hermano deficiente mental y adicto al baloncesto. La “hipnotizante verosimilitud”, el “exótico misterio” del gueto seducen incluso a los lectores profesionales.

Furioso por la suerte de su último manuscrito, que acumula 17 rechazos, y desesperado emocional y económicamente por una sucesión de desgracias, Monk decide escupir a la industria escribiendo con nombre falso Mi problemática, una sátira implacable de ese tipo de novelas condescendientes y de fondo racista, que en el mejor de los casos no hacen más que reafirmar los clichés que supuestamente denuncian, y que tratan la miseria con criterio pornográfico. Mientras el libro corre por los despachos, a punto de explotarle de manera inesperada, rememora, “demasiado confundido para poder llegar a deprimirse” y con un tono emocional característico de los escritores de la América wasp, la historia del derrumbe de sus seres queridos, de la que brotan potentes fogonazos de ternura, dolor y extrañeza, emociones que no tienen raza.

X se despliega en múltiples ramificaciones, anotaciones sueltas, fragmentos de otros relatos del narrador, conversaciones ficticias entre filósofos y artistas, para hablar finalmente de una forma de exclusión menos evidente que el racismo, más sofisticada, probablemente más peligrosa y en cualquier caso previa al racismo. Una exclusión cuya víctima es la inteligencia, que arrincona la costumbre de pensar y disentir, y que puede llegar a comprometer –en nombre de la mayoría o del mercado, dos abstracciones fantasmagóricas– la libertad de las elecciones personales. Alguna vez, viene a recordarnos Everett, el mundo nos ofrecerá una mano sucia, y habrá que estrecharla, aunque sepamos que las cláusulas del pacto son abusivas y arbitrarias. “Mis películas no las ve nadie, y, créeme, eso no las hace mejores”, le dice Resnais a Rothko en uno de esos diálogos imaginados; “Ni peores, Alain”, responde éste.

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