La religión de la belleza

  • 'Tratado de la vida elegante'. Honoré de Balzac. Trad. Lluís Maria Todó. Impedimenta. Madrid, 2011. 112 páginas. 15,95 euros.

Los modelos los puso Inglaterra, pero fueron los franceses los que le dieron encarnadura literaria: D'Aurevilly, Baudelaire y antes que ellos Balzac, un escritor muy poco sospechoso de dandismo. Gordo, descuidado y menesteroso, el joven Balzac se postuló como inverosímil árbitro de la elegancia cuando aún no había concebido el monumental proyecto de la Comedia humana, cima narrativa del siglo. Primera de las obras consagradas a describir la "moderna vida fashionable", el Tratado de la vida elegante fue publicado, poco después de la instauración de la Monarquía de Julio, en 1830, en varias entregas en la revista La Mode. Junto a la Teoría de los andares (1833) y el Tratado de los excitantes modernos (1839), la obra sería más tarde recogida en la serie Patología de la vida social, perteneciente a los "Estudios Analíticos" de la Comedia.

Para Balzac, la clave de la elegancia está ligada a la ociosidad y el dolce far niente. Frente a la vida ocupada del hombre que trabaja y la vida de artista del hombre que piensa, está la vida elegante del que no hace nada. El Tratado apenas recoge -salvo para descalificarlo como "herejía"- el término dandismo, que Balzac juzga afectado y excesivamente decorativo, pero tanto las anécdotas como los aforismos, para no hablar de la entrevista ficticia con el beau Brummell, apuntan a esa nueva religión de la belleza que aún no ha asumido, en estas páginas precursoras, todo su potencial de rebeldía. El sentido de lo fashion o buen gusto es el resultado de la distinción natural, que no debe condescender a faenas de ninguna clase. "El hombre acostumbrado al trabajo no puede comprender la vida elegante", dice el más laborioso de los escritores de su tiempo, mostrando hasta qué punto su aproximación a la materia, bajo apariencia científica, está presidida por el humor. A Balzac, sin duda, le habría gustado pertenecer a la selecta cofradía de los elegantes, pero por fortuna nunca anduvo sobrado de recursos. Fue esta feliz precariedad la que lo hizo grande.

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